Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Creo, obviamente, que hay pueblos veraniegos y pueblos invernales. Entre los primeros, destacaría a los italianos. Los españoles aman el verano pero lo hacen con tanta pasión que, finalmente, convierten su tiempo de ocio en un ritual. Una fiesta pagana alargada en el tiempo de obscenas dimensiones. Los italianos, al contrario, son el verano. Su carácter es parecido al de las olas del Mediterráneo y el Adriático. Es voluble, leve y movedizo. Su manera de disfrutar de la belleza eterna consiste en concentrarse en cada instante y momento. Por eso tienen fama de excelentes amantes. Porque convierten lo accesorio en esencial. Transforman lo pasajero en trascendente. Creo que el mayor objetivo de los italianos es olvidarse de sí mismos. Y por eso son capaces de convertir un suicidio o el trabajo industrial en una distracción. Muchos de ellos tienen miedo de tomarse en serio a ellos mismos porque conocen perfectamente lo trágico de la vida y por ello se sienten más cómodos caminando entre los entresijos del teatro. Así, han convertido a Venecia, por ejemplo, al puro ocaso, en una ciudad que es la viva imagen de la disipación y ese ocio turbio y sensual que identificamos con Oriente. Y continúan pugnando por transformar el trabajo en arte. En esencia, la dolce vita no es más que un intento de lograr que los 365 días del año sean ocio; verano; olvido total y absoluto.
Tengo la sensación de que si aconteciera una catástrofe y llegara el fin del mundo, al menos una persona estaría ocupada en ligar con una señorita; se encontraría distraída entre sus ocupaciones, mientras el resto del mundo gritaría asustado por la ira divina: un italiano.
Hay algo zen en el verano. Debido a las responsabilidades de la vida adulta, los reencuentros y los nuevos descubrimientos, tengo la impresión de que la mayoría de trabajadores que disponen de un mes de vacaciones, tan sólo podrán llegar a desconectar totalmente de sí mismos y su cotidianidad durante varios minutos. Todo el armazón publicitario, todo el negocio turístico que recubre, envuelve y da forma a nuestro tiempo libre se encuentra enfocado para lograr esos breves minutos de desconexión total; de vacío mental absoluto. El momento zen.
Hay veranos que me recuerdan a desiertos. Cuanto más calor hace y más agobio experimento, más a gusto me siento. Más que nada porque esa opresión rompe con la dinámica del ocio turístico. Convierte la experiencia veraniega en algo real. Auténtico. Un recordatorio de que la vida es lucha e intensidad.
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