Influencias
Los escritores tienden o bien a mostrar con claridad sus influencias o bien a ocultarlas. En el primer caso, el peligro procede de la comparación....
Contrariamente a lo que se cree, Bukowski no era un pornógrafo. Sus relatos no son eróticos. No exploran los límites de la sexualidad como sí que hizo Henry Miller. Cuando Bukowski hablaba de sexo, lo hacía de dolor. Cuando narraba un polvo, estaba luchando contra un trauma; un latigazo de su padre en la espalda; un castigo inmerecido; la bronca de un jefe; un frío despido a media noche en una enorme ciudad; las traiciones de los amigos; o las risas crueles de sus compañeros de juerga al verlo caer al suelo inconsciente. El sexo, sí, era para Bukowski una vía de escape contra la autoridad. Un tronco al que agarrarse en medio de un temporal. No una comunión sino unas cuantas gotas de mercromina introduciéndose en sus inmensas heridas espirituales. Más un vicio que un placer. Más una anestesia que un propulsor de energía.
Recuerdo de hecho pocas lecturas tan áridas y trágicas como Mujeres. Una seca y sucia novela en la que mezclaba vivencias amorosas experimentadas antes y después de convertirse en una celebridad. Un libro lleno de encuentros sexuales en el que no había erotismo. Había dolor, lucha, fuerza bruta, pero no erotismo. Porque el Bukowski más erótico siempre era el más trágico. El más acabado. El más destrozado. El que suicidaba a la sociedad en cada trago de alcohol.
En Bukowski hay algo verdadero. Y es ese dolor. Un dolor tan profundo y hondo, tan sucio y solitario que ha sobrevivido al éxito de su personaje y a sus cientos de imitadores que por lo general fracasan porque piensan que su obra es una cocina con platos sin lavar o una habitación desordenada con un cenicero plagado de colillas y varios condones en el suelo. Y desconocen que, en realidad, es el corazón herido de un perdedor. El alma devastada de un hombre cuyo mérito más que escribir fue no suicidarse. Persistir. Transformar su vida cotidiana en una risible tragedia griega. Follar en los baños públicos y escaleras más que en su cama y lamer coños como si estuviera succionando biberones sin importarle si estaban depilados o no o si pertenecían a una modelo, a una mujer de la limpieza o a su pareja habitual. Shalam
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