Agente Smith
Esta pandemia va a dejar unos cuantos ganadores y muchos perdedores. En lo que se refiere al plano intelectual, uno de los vencedores es, sin dudas,...
A Artaud se le pueden aplicar muchas de las palabras que él mismo dedicó a Van Gogh. Ciertamente, pocos artistas han hecho un autorretrato tan certero de ellos mismos como el que realizó el escritor francés cuando aludió a la autenticidad artística del pintor holandés. Esa serena verdad contraria al comercio y a la industria que captó en sus lienzos y tuvo su reflejo y continuación en su diálogo de sordos con la sociedad. Su bestial soledad y una locura que no era tanto inobjetable caída psicológica como anhelo de comunión e impotencia.
En realidad, Artaud no era un artista depresivo sino tormentoso y vital. Era una tempestad. Un águila planeando en medio de un cielo incendiado. Una avispa picoteando en el ojo herido del humanismo. Y por tanto, sus obras eran un látigo para Samuel Beckett y los escritores existencialistas en general. Pues todo lo imbuía de sangre y esperma. De nervios, hígado y espíritus. Miraba al pasado de Francia y se regodeaba con la crueldad de los reyes y las escupideras que usaban. Se volvía hacia Roma y convertía a los emperadores en monstruos bicéfalos y hermafroditas. Ponía sus ojos en México y contemplaba rojos amaneceres en los que los brujos aztecas disolvían las paredes celestes con ayuda de sangre y plantas naturales y noches en las que, con ayuda del peyote, distintas tribus transformaban la vida en ciclo cósmico incesante. Su Edad Media es una Edad Media teatral. Parecida a un Taror de Marsella. Una Edad Media inquietante y áspera. Simbólica y viva. Al igual que su teatro. Una especie de león rugiendo en medio de la civilización. Un encuentro entre el hombre y su alma onírica sobre una colina.
Artaud era trash metal. Las fauces del Averno. Una invocación al origen. Al retorno a la caverna. Era un asesino que, de una sola mirada, imbuía de sangre y orina el pensamiento de Platón. Alguien que buscaba trascender al Cristo. O más bien, conseguir que la esencia del resucitado se uniera a la del hombre primitivo.
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