Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En realidad, si nos fijamos, esa frase tan mitificada y expuesta como un mantra en todo tipo de ámbitos culturales es una invitación al suicidio. A la destrucción. Una esquiva forma de hacer atractiva la muerte destinada a un colectivo de jóvenes norteamericanos que, atraídos por esta estética del vacío, olvidaban luchar a favor de sus derechos y se mostraban sumisos e indiferentes a la privatización del espacio público y universidades. Una privatización que además era presentada como deseable frente a la colectivización estatal comunista.
Del mismo modo, la sacralización de la muerte juvenil ayudó a la progresiva peterpanización de una sociedad en la que se trataba de que tan sólo los adultos adeptos al sistema estuvieran en puestos de poder, manejando los destinos político-económicos del mundo y el resto, vivieran en el universo del consumo del que formaban parte el rock y el pop. Puesto que la idea era que desde los ancianos hasta mediocres empleados de empresas pudieran vestir Adidas o emocionarse con una sinfonía pop, bailar break dance, follarse a un conejita playboy o probar tal y cual marca de whisky y, a poder ser, no se introdujeran en los grandes temas de la geopolítica nacional e internacional.
En fin. Con el tiempo, he de confesarlo, tras cada una de las glorificadas muertes del rock y el cine, observo una manipulación que me provoca tristeza. Encuentro violencia. Destrucción de voluntades e ilusiones. La necesidad neoliberal de que, como ya he dicho, los jóvenes -a no ser los previamente formateados en sus universidades y escuelas generalmente privadas- no se introdujeran en política y además, no tuvieran como horizonte en sus vidas, la vejez.
Finalizando ya, sugerir que tal vez sea yo demasiado escéptico pero si algo me ha enseñado vivir inmerso en una cultura neoliberal es a buscar el mensaje real inoculado tras cada una de las enseñanzas introducidas en el sistema en forma de logos y slogans. Pienso por ello que una gran parte de la cultura rock y pop fue permitida porque servía para despolitizar a la sociedad. Distraerla. Acomplejarla (esos rockeros erigidos en símbolos sexuales inalcanzables), anularla y esclavizarla mientras se le proponía y sugería una liberación absoluta de vestimenta, costumbres y moral. Y en este sentido, el que se construyeran auténticas obras de arte dentro de estos géneros no fue para las élites más que un accidente que debían en cierto modo permitir si querían proseguir con sus planes. Al fin y al cabo, mientras los jóvenes tuvieran la cabeza y la nariz introducida en esos discos -fueran mejores o peores- y no en asuntos del estado, todo continuaba o podía seguir funcionando bien para ellas. Shalam
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