Misericordia
Ayer fue el primer día en que me desplacé a Cartagena después de varios meses viviendo en La Manga; un lugar donde (a excepción de agosto) soy...
En verdad, no puedo contar de ella nada extraordinario. Le gustaba disfrutar de la vida, sí, pero sin hacer ostentaciones. Era más de dar, gastar, invitar y regalar que de atesorar y ahorrar y eso, aunque tal vez le generó algún que otro dolor de cabeza, le ganó por contra el afecto de muchos. En cualquier caso, lo extraordinario eran tanto su modestia como su amabilidad. No haber generado prácticamente problemas y sí haber contribuido a resolverlos. Haber sabido guardar su sitio sin provocar conflictos. A día de hoy, lo más difícil no es ser un gran deportista o artista sino ser buena persona. Conformarse y aceptar el lugar que nos ha tocado en la vida. Probablemente Maruja no haya cambiado el mundo, pero contribuyó a hacerlo un lugar habitable y mejor afectivamente. A dar esperanza. Cuando pienso en ella me acuerdo de esos sabios budistas cuyo rostro refleja una enorme dicha interior. Esas personas que ponen de manifiesto con un solo gesto las enormes recompensas de hacer el bien. Esas mujeres criadas en pueblos parecidas a árboles con sabor a mar y aceite para las que compartir un plato de comida con sus semejantes era además de un deber moral, una fiesta espiritual. Con ella, yo al menos sabía que no debía protegerme ni debía competir o aparentar fortaleza porque en su corazón no había dobleces sin por ello ser alguien simple.
0 comentarios