No tengo dinero
Pero ¿cómo es que en España continúa sin volver a escucharse día y noche esta mágica canción de Righeira?...
Suede aterrizaron como un cohete en la Inglaterra neoliberal. Nadie los esperaba pero cuando aparecieron, muchos se dieron cuenta de que necesitaban algo así. Fueron un grupo, de hecho, que llenó huecos existenciales, sintetizó la angustia de los adolescentes, el desamparo de los homosexuales y la soledad de los veinteañeros y treintañeros que echaban de menos a The Smiths y no acababan de conectar con la era techno. Y además, estaban llenos de misterio y glamour. Nadie sabía bien de dónde venían. Parecían salidos directamente de la carpeta del Electric Warrior de T Rex, haberse criado en casa de David Bowie y tomar habitualmente té y pastas con Bryan Ferry. Un secreto que, en gran medida, alimentaron inteligentemente puesto que no solían dar muchas pistas sobre sus respectivas vidas. Se intuía que durante su adolescencia habían sufrido algún tipo de marginación por parte de sus compañeros; que amaban o al menos sentían interés por la literatura gótica y romántica; y que, en cierto modo, sus tenues y nostálgicas odas eran una respuesta y contraofensiva contra el sentimiento de alineación de Londres en particular y de la Inglaterra maquiavélicamente urdida por Margaret Tatcher durante los 80 en general. Pero muy poco más.
Muchos pensábamos que era un producto prefabricado sin interés, pero bastaron unas cuantas escuchas a su primer disco para desmentirlo. Porque aquella banda era puro talento. Creaba melodías evanescentes y etéreas que hacían pensar en Scott Walker, Franz List y el amor espiritual platónico y trovadoresco. Actualizaban el glam con composiciones cósmicas y andróginas llenas de arrebatos místicos e infecciosos que evocaban poemas de John Keats o Rainer Maria Rilke y turbias y crepusculares escenas de filmes de Wim Wenders o Gus Van Sant. Combinaban tristeza y diversión con maestría y eran descarados y desenfadados pero también sofisticados. Tanto que algunos de sus temas parecían haber sido grabados en suntuosos castillos o en una habitación del Palacio de Versalles. A pesar de que la rabia y amargura que transmitían en ocasiones remitía más a habitaciones maltrechas de hotel pobladas de jóvenes sin rumbo que a ornamentales palacios barrocos. De hecho, ante todo, lograron poner sonido y letras a la monumental desorientación sufrida por los europeos tras la caída del Muro de la Berlín y la entrada de lleno en la globalización.
En fin, con el tiempo hemos sabido que la mayoría de componentes del grupo procedían de barrios bajos y duros donde la educación era un lujo y eso en vez de restarle glamour a la banda, creo que ha dado un mayor significado a su discografía. La ha puesto en su justo lugar. Porque Suede, en cierto modo, eran ángeles más que artistas. Su música es celestial. Incluso cuando baja a los infiernos parece hacerlo volando. Le da la seguridad al oyente de que volverá a regresar a su hogar. Es reflejo, en cierto sentido, de los deseos de unos artistas que se encontraban tan, tan, tan desencantados y hastiados de la vida cotidiana que se impusieron como objetivo trascenderla totalmente, casi metafísicamente, atravesando el firmamento como si tuvieran alas en la espalda y hubieran sido criados en una nube junto a dios.
Los dos últimos dos discos de Suede me recuerdan -salvando las inmensas distancias- a las obras del Lou Reed maduro. A New York y Magic & Loss. Suede ya estuvieron en Berlin. Ya se travistieron y caminaron de la mano de Virgilio por los desfiladeros de la droga y la fama. Y ahora graban discos que son casi un ajuste de cuentas con la vida. Un recapitulación desde el más allá de lo que es la existencia. Son desfiladeros a través de los que se transmiten mayores certezas y esperanza que en aquellas antiguas obras bellas y suicidas grabadas durante su juventud.
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