Emiliano Zapata entra a comprar al OXXO
Pasé ayer el día en Cuautla (Morelos) cerca de donde nació Emiliano Zapata y se comenzó a forjar la, tal y como la denominó acertadamente Adolfo...
No obstante, el tiempo, lo sabemos, es caprichoso. Además de una fuente de sabiduría, es un agente que suele relativizar nuestras seguridades. Nuestros amores y odios. Digo esto porque, a pesar de que en su momento no terminé de empatizar con la propuesta planteada por la Fura tanto en MTM (1994)como en Manes (1995), ahora las considero obras realmente necesarias. Y con el paso del los años y el desarrollo de los acontecimientos político-sociales han ido ganando consistencia en mi recuerdo.
Aún recuerdo aquellas grúas por las que se desplazaban los actores de la Fura imitando a los políticos mientras se burlaban de nosotros, despreciándonos como hacen constantemente nuestros representantes sociales. A quienes la Fura retrataban como psicópatas, seres sin alma que engatusaban al pueblo, como lo habían hecho los antiguos condes y nobles, conforme se repartían el oro y disfrutaban de un gran festín a sus espaldas. Era realmente impactante esa performance que entiendo que si me provocó cierto vacío fue porque actualizaba el mensaje de la crueldad adaptándolo a los tiempos actuales. Esto es; captaba la banalidad que se esconde en los telediarios y la era de internet (que por entonces todavía no se había implantado) y radiografiaba esa máquina de deglutir y transformar cerebros, dirigiendo voluntades y eliminando rebeldías que es la discoteca moderna. En mi opinión, uno de los mayores campos de concentración de la era globalizada. De hecho, así me sentí en determinados momentos de MTM. Como si estuviera en uno de esos centros en donde la música máquina, las drogas y la violencia de las luces generan una sensación de esquizofrenia. Crean una ilusión de realidad con la intención de que quienes los visitan piensen que allí pueden conseguir, aunque sólo sea por unas horas, todos aquellos sueños que les promete el capitalismo.
Con Manes me ocurrió algo parecido. Pero peor. Porque de esa obra sí que salí amplia, profundamente decepcionado. Aunque con el paso del tiempo, de nuevo, mi visión sobre ella ha variado. Intentaré explicar el motivo. Hace dos años, decidí hacerme vegetariano para mejorar mi salud y salvo en muy contadas ocasiones, me he mantenido fiel a estos principios. A día de hoy, creo que jamás volveré a alimentarme como lo hacía antes y que persistiré, si me es posible, en este estilo de vida hasta el fin de mis días. Además, me resulta insoportable lo que supone la ingestión habitual de carne: la cruel matanza de cientos de animales indefensos. Pollos, vacas y cerdos que se ven obligados a sufrir todo tipo de tormentos para ser pasto de nuestro estómago.
Realmente, entiendo ahora que la gran mayoría de los cruentos latigazos de La fura pretendían hacernos despertar antes de que tuviéramos que hacerlo obligados por las circunstancias y en unas condiciones muy adversas, como así ha sido. Los medios de comunicación, en esencia, son agentes de olvido y al contrario, el arte es tanto un potenciador del recuerdo como de la conciencia. Y, en este sentido, el de la Fura, a pesar de todas sus irregularidades, me parece encomiable. Un canto ético y salvaje a la vida como podía serlo, desde otro ángulo, El perro andaluz.
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