Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En fin, Bajo el volcán es una novela tan compleja y apocalíptica que para hablar de ella con un mínimo de propiedad debería consagrarme a este trabajo al menos durante un mes y hoy sólo deseaba mencionarla porque me encuentro de nuevo en la ciudad donde fue escrita en su mayor parte. De hecho, se desarrolla allí. Hablo, claro, de Cuernavaca. Una urbe mágica donde siempre hace calor, situada entre volcanes, en la que a menudo he disfrutado de muy buenos momentos. Pasé muchos fines de semana entre sus muros cuando vivía en el DF. Aquí se hallaba un buen amigo y si no tenía la oportunidad de verlo, me dirigía al temazcali Mayahuelcalli a tomar ese baño místico de vapor entre silenciosas, suntuosas mujeres cuyo comportamiento no era muy diferente al que hubieran tenido un siglo atrás. También solía disfrutar de las luchas libres que se disputaban los domingos en las que el contacto con los luchadores era prácticamente íntimo dada la escasa distancia con el escenario. Y obviamente, disfrutaba mucho contemplando a decenas de personas bailar en las plazas cercanas al imponente Palacio Cortés.
En realidad, Cuernavaca es una ciudad contradictoria. Se encuentra llena de características dísímiles. Es silenciosa, festiva, nocturna y oscura. Lo más parecido, en suma, a una ciudad de leyenda donde tanto lo que se hace público de ella como lo que se encuentra oculto, es eterno. Y supongo que por estas razones, me ocurre siempre al visitarla que comienzo a sentir que el tiempo no existe, vivo rodeado de fantasmas y la distancia entre la vida y la muerte es mínima. De hecho, si una silla se moviera a mi alrededor en un bar o la habitación en la que duermo, no me extrañaría. Tampoco si durante la noche se me apareciera la muerte, me diera un beso y bailara conmigo. En parte, de esto habla Bajo el volcán pero, eso sí, bajo sus propios términos y códigos. Lo que, en definitiva, tengo claro es que gran parte de la sobriedad y seriedad occidentales se disuelven diariamente aquí entre océanos de aire confusos y las leves máscaras de humo que flotan en el ambiente. Una característica que hace que todos los que paseamos por esta urbe llena de sombras y claroscuros violentos, nos sintamos hijos del sol y la luna, las estrellas y el mar, y que bebamos alcohol convencidos de que es una bebida que los dioses nos concedieron para que experimentásemos lo que es la inmortalidad. Shalam
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