Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los textos de Philip K. Dick son una especie de droga o píldora alucinógena: revelan nuevas dimensiones y facetas de la realidad. Parecen proceder de la mente de un lunático conectado con una matrix repleta de información trascendente sobre el ser humano, su origen y destino. El escritor norteamericano era un demente muy sensible. Alguien capaz de indagar en las consecuencias de su locura para llegar a lugares imprevistos. Un hombre que se encontraba siempre alerta y auscultaba cualquier mensaje cotidiano como un mensaje cifrado por parte del poder. No sé si alguien ha descrito con tanta lucidez los método de control social construidos en las sociedades modernas o los riesgos del mundo tecnológico. Pero lo que sí tengo claro es que ha sido uno de los mayores genios del pasado siglo y que si hubiera trabajado más su estilo literario -desde luego, no era Borges-, podría ser considerado perfectamente el mayor escritor del pasado siglo junto a Kakfa. Pues, al fin y al cabo, como el checo, era un extraordinario narrador de alegorías. Un explorador filosófico que se adentraba en nuevos confines humanos en cada una de sus historias y avizoraba mutaciones y cambios radicales en la humanidad donde otros apenas veían conformismo.
La personalidad de Dick fue muy compleja y su vida no fue muy afortunada. Su mundo interior se quebró en varios pedazos tras la muerte de su hermana melliza. Solía consumir todo tipo de fármacos y anfetaminas. Se sintió en muchas ocasiones, frustrado por los continuos rechazos del mundo editorial a sus novelas realistas. Y se vio sometido a frecuentes episodios esquizofrénicos durante los que pensaba que sus narraciones eran la Verdad Absoluta. Por lo que parece claro que cualquier biografía interesante sobre su figura, debería dejarse contaminar por los innumerables vaivenes existentes entre la ficción y la realidad. Algo que logra el ensayo que acabo de leer de Enmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos. Un texto mutante sobre el escritor norteamericano donde se funden datos verídicos con muchos extraídos de sus novelas y se formulan todo tipo de hipótesis a partir de los delirios psicóticos de este disparatado personaje. De hecho, Yo estoy vivo es un clásico de la biografía posmoderna. Un libro parecido a una novela que en absoluto habría disgustado a Dick. Un escritor para el que lo ficticio, lo verdadero, lo hipotético y lo probable eran inseparables.
La biografía «ficticia» de Enmanuel Carrére es muy incisiva. Combina información y lirismo con habilidad y tiene la virtud de hacernos más reconocible al personaje. De hacérnoslo humano sin esquivar ninguno de los grandes temas de su vida. Ante todo, su paranoia y su genialidad cuyos inconmensurables frutos se encuentran todavía por calibrar en su justa medida. Porque la obra de K. Dick es una especie de mantra futurista. Un recorrido espiritual por el mundo virtual de tal radicalidad que probablemente sólo con el paso de las décadas, se advierta el poder transgresor de ese mensaje cifrado que pervirtió su personalidad. Y además, ha dejado sin aliento a los cineastas que se han atrevido a adaptar unas historias que no me sorprendería en absoluto que con las décadas, se descubriera que, en realidad, habían sido escritas por un alienígena, un ser procedente del futuro o una especie de Mesías espacial. De hecho, el mismo Dick llegó a considerarse así en un momento determinado, intentando acaso asumir su inteligencia desbordada y desbordante.
Ya tendré tiempo en futuros averías de comentar varios textos de K. Dick y extenderme sobre ellos. En cualquier caso, estoy convencido de que cuando esto se produzca, aparecerán ante mí ideas esenciales para comprender ese mundo moderno que definió, sin pretenderlo, a la perfección, convirtiéndose en uno de sus referentes y padres. Acaso mucho más que gran parte de los ensayistas y sociólogos que han intentado analizarlo dado que este iconoclasta espacial no sólo lo retrató y definió sino que lo traspasó. Y la flecha que lanzó todavía no ha caído. Sigue volando hacia arriba descubriendo nuevas posibilidades y rutas. Lo que nos da idea de su magnitud y grandeza. Algo que es necesario repetir una y otra vez y, desde luego, deja muy claro el sobresaliente texto de Carrére desde su significativo y expeditivo título. Shalam
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