Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En todo caso, aunque ya hemos ahondado bastante en la visión de Murena sobre la obra de Poe y, considero, ya tendremos bastantes claras bastantes de sus características, pienso que aún nos resta por esclarecer mejor algunas más para comprenderla en su último sentido. Y para ello es necesario, entre otros aspectos, tomar conciencia de cuál es el espacio habitual en que se desarrollan las narraciones de Poe: Europa. Un hecho que puede ser entendido, siguiendo nuestras coordenadas de análisis, como un signo de la necesidad por parte de Poe de regresar al origen o, probablemente, reinventarlo, desde su emplazamiento en América. Pero que puede ser leído, asimismo, de otra manera a partir de la que Murena fundamenta su teoría: el parricidio.
Señala Murena: “Poe (…) representa la voluntad de discontinuidad, la voluntad de ruptura con el espíritu europeo. Pues, según una hermenéutica americana, siendo América una desterrada de la historia, lo que la obra de Poe simboliza es, hablando en los términos más exactos, una voluntad de parricidio espiritual, de parricidio histórico, de aniquilación de la paterna Europa”.
En este sentido, Murena entiende que la literatura de Poe –gracias a su talante pesadillesco y a su carácter rebelde- fue la primera que mostró de manera descarnada, con absoluta rotundidad, el cansancio del alma europea. Fue la primera manifestación que al proceder, lógicamente, de América, intentó abolir su historia o al menos señaló sin pudor alguno su decadencia. Indica Murena: “Para los europeos, Poe fue un dictamen de senilidad, la necesidad de atacar el anquilosamiento histórico, la historia, la necesidad de matar lo muerto para vivir”. (…) “Poe es el primer golpe dado por América contra las puertas de Europa. Es el primer azote con que el alma europea, después de su viaje a América, refluye sobre sí misma, para minar y romper la vieja residencia. Porque América es el alma europea expulsada del antiquísimo recinto de la historia, desterrada, contemplando su remoto asilo, embargada por una secreta, incesante pregunta sobre las causas de la presunta culpa que motivó el destierro, cayendo tras la máscara de la vida próspera y saludable, en el pozo de una nostalgia que elige la propia destrucción como medio para redimir la culpa y golpear al mismo tiempo vindicativamente los cimientos de la cerrada casa natal”.
Es más, Murena nos sugiere que la buena acogida en Europa del modernismo o distintas tentativas estéticas procedentes de América, se debió en gran medida a que, de alguna manera, rejuvenecían la savia y talante del viejo continente. Y que si no llegaron a cuajar del todo en el continente americano fue porque no se atrevieron a radiografiar con la certeza y exactitud que lo hizo Poe al monstruo americano. No tuvieron tentaciones parricidas sino evolucionistas o separatistas. Y es por ello –por lo que añado yo- que hoy en día, el escritor norteamericano todavía nos resulta interesante.
En cualquier caso, para comprender mejor el impulso parricida de las narraciones de Poe es necesario tener en cuenta otra circunstancia: el que al estar los países americanos alejados de la sombra del padre occidental –detentador de la ley, la historia y la idea de realidad- la mayoría de ellos se hayan visto obligados a regirse por una especie de no-ley. Algo que, como nos lo han enseñado Deleuze y Guattari y nos lo ha recordado Slavoj Žižek, no significa que no exista una ley. Significa, más bien, que la ley está diferida, postergada, anulada de la vida cotidiana “visible” de esa sociedad pero, en última instancia, tan o más presente que la ley primitiva. Lo que la hace más peligrosa porque, gracias a su ocultamiento, puede ser manejada por cualquier tirano o poder fáctico desde la sombra sin tener que rendir cuentas de sus acciones; además de que puede crear una conciencia psicótica en los integrantes del cuerpo social al no conocer cuáles son los límites y alcances de la ley ni cuándo les golpeará, absolverá o dejará indefensos.
En fin, espero que se entiendan mejor ahora las razones por las que los personajes de los despiadados relatos de Poe intentan por todos los medios posibles comunicar su malestar y expandir su solitario y malvado mensaje al infinito: porque, de esta forma, se pueden vengar de un mundo y una sociedad en que no pueden encontrarse a sí mismos y en la que se sienten más víctimas que culpables. Y pueden además intentar herir a ese inmisericorde padre (Europa) que los dejó desamparados en una tierra inhóspita. Además de que expresar sin reparos su disconformidad, seguramente, es un camino tortuoso y desesperante, sí, pero también eficaz para golpear al dios sordo y mudo a sus ruegos que los ha encerrado en un amplio y gigantesco recinto, América, cuya abrumadora extensión les hace tomar conciencia, con mayor precisión, de la magnitud de su desamparo.
No obstante, antes de finalizar, sí me gustaría indicar que para Murena esta rebeldía americana antes o después, sería acallada teniendo en cuenta que América, aun en contra de su voluntad, tiene que solidificarse y enraizarse dentro de las coordenadas occidentales para afirmarse a sí misma. Pues América, como un adolescente déspota e irreflexivo, -por más que esté cargado de razón y verdades- podrá llegar a rebelarse contra su padre, Europa, pero tiene escrito y marcado con líneas de fuego su destino: correr la misma suerte del joven que, una vez que ha completado su proceso de maduración, se ve obligado a reconocer a la ley del padre como aquella que puede otorgar un sentido a su existencia. Dado que sólo así, podrá encontrarse preparada para pronunciar su propio y exclusivo sí a la existencia.
Murena de hecho, siempre habló claro y alto y su vocación profética, simbólica y mística no debió caer jamás en el olvido en que se encuentra ahora mismo. Las claves de su pensamiento, ya lo dije, se encuentran en El pecado original de América. Un libro que, estoy convencido, siempre, absolutamente siempre –por más que pasen años de silencio hacia el mismo- se volverá a releer. Porque el escritor argentino fue uno de esos escasos hombres capaces de decirnos directa y frontalmente esas verdades sobre nuestra naturaleza que, en su mayoría, nos negamos a ver y reconocer. Shalam
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