Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Se vislumbra, por otra parte, revisando tanto los relatos de Hoffmann como los de Poe o Mary Shelley que el romanticismo fue en gran medida, una noche apasionada, un canto decadente y sin luz dirigido a un mundo cuyas fronteras pronto se controlarían por entero pero en el que el ser humano continuaba sintiéndose huérfano. Probablemente porque había perdido conexión con su fuente sagrada: los mitos, la naturaleza, la raíz pura de la religión cristiana. Lo que provocaba la clásica exaltación de las potencias nocturnas producida no tanto por el entusiasmo y asombro como por la conciencia de la propia caída que ilusamente, se creería más tarde, poder controlar con el positivismo. Por ello, tanto «El hombre de arena» como «Maelstrom» o «El inmortal» (a los que podemos añadir el excelente relato aquí incluido de Nathaniel Hatworne, «La hija de Rapaccini», y por supuesto, «El horla» de Guy Maupassant), son narraciones tanto de confusiones, desprendimientos y ocasos como de descentramientos. Son el reflejo de un orden que definitivamente cae pero también la sospecha de que aquel que vendrá a sustituirlo no será en absoluto mejor. Pues tal vez añada más oscuridad al alma de una criatura ya en esos tiempos consciente de estar caminando hacia un agujero sin salida, de los peligros del progreso y necesitado de ahondar en su consciencia -el psicoanálisis- para encontrar una explicación al caos que generaban sus conductas y conseguir racionalizarlas. Lo que en el fondo podía ser un preludio a la maquinización, masificación y robotización de ese ser humano manipulable (tan parecido a los autómatas sin vida o la mujer envenenada que aparecen en los cuentos de Hoffmann y Hatworne) que no en vano Poe visualizaba cayendo en fondo de un inmenso agujero negro. Visión similar a la que Robert Duncan Mile tenía en su relato «En el sol» cuyo final no me resisto a citar porque ejemplifica a la perfección aquello que sostengo: «Estoy acercándome a la derretida superficie. Mis sensaciones han cambiado. Soy consciente de que la superficie ha dejado de parecer que estaba ascendiendo. Ahora me doy cuenta de que soy yo quien está cayendo…, cayendo hacia las horribles profundidades de abajo. Más cerca…, cada vez más cerca; desgarradas y ennegrecidas por el terrible calor a medida que me aproximo… Voy cayendo…, cayendo…, cayendo..».
Es también muy significativo que en el primer relato que se ocupa de un tema tan fascinante como los viajes por el tiempo, «El reloj que marchaba hacia atrás» de Edward Page Mitchell, el salto se produzca hacia atrás. Se lleve a cabo con la intención de restablecer cierto orden en el presente, como si una parte del sacro espíritu que aún quedaba puro en el romanticismo buscara las razones de su malestar y decadencia en la historia y se resistiera a encontrarlas en el futuro. Sabedor de que en la línea recta marcada por el progreso se encontraba escondida una segura catástrofe: ese temible fin del mundo que protagonizaría tantos de los textos de la ciencia ficción y en esta antología en concreto, aparece en un relato como «La catástrofe del valle del Támesis» de Grant Allen.
En realidad, la ciencia ficción del siglo XIX (si es posible llamarla así pues hasta la eclosión de Julio Verne y H.G.Wells no empieza a tener las características por las que la conocemos), es un campo de pruebas sobre las posibilidades del porvenir que la mayoría de veces vuelve su vista al pasado para entender dónde se encuentra. O al menos, establece límites precisos, confronta realidades exploradas con aquellas que desearía explorar antes de dar el salto definitivo hacia el espacio. Por ejemplo, «Los Xipehuz» de Rosny Aîné es más una una historia colonial de tintes antropológicos e históricos que sobre mundos desconocidos. Y de hecho, si cambiáramos los nombres de los Xipehuz y el de la tribu nómada de Pjehu por el de alguna población africana o asiática o incluso la vistiéramos con el uniforme de algún ejército europeo, la narración de los escritores belgas podría pasar perfectamente por una firmada por el mismo Ruyard Kipling.
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