El melómano perverso
Stanley Kubrick era un melómano y un perfeccionista. Características que contribuyeron a que su música se convirtiera en otro personaje más de sus...
Branca fue un pionero. Lo que hizo puede parecernos fácil en tiempos como los que vivimos donde basta un clic para tener acceso a las músicas más diversas. Pero no lo fue. Nueva York era un hervidero musical a finales de los años 70. Era una infernal cocina de olores, historias y sonidos. Lo más cómodo y lógico hubiera sido disfrutar de esa época inolvidable y dejarse llevar, pero Branca vio un hueco que muy pocos habían entrevisto. Observó que existía un vacío entre el rock instantáneo, intelectual, impulsivo e intenso que se escuchaba en los clubs y discotecas y la fastuosa y recargada música romántica y clásica que se interpretaba en los auditorios y salas de conciertos tradicionales. Entre medias de estos dos mundos, apenas había nada. Si acaso el minimalismo, los mudras atonales de John Cage y los arriesgados experimentos de Steve Reich o Philip Glass.
Ciertamente, la música popular y la clásica parecían peleadas. Vivir en mundos distintos. Parecían odiarse o pertenecer a lugares demasiado distantes como para poder entenderse. Algo insoportable para un melómano y visionario como Branca que, después de varios intentos y darle varias vueltas a la idea, se atrevió a realizar un profundo acto catártico que unió varios siglos de arte: fusionar el punk y la new wave con la música clásica. Algo que ahora puede parecernos hasta lógico (o al menos, necesario) pero, en su momento, fue muy atrevido. Un acto valiente, osado y extremo.
En cualquier caso, el Branca que tiene asegurado su lugar con letras mayúsculas en la historia de la música es el de las sinfonías para orquesta de guitarras y percusión. El mítico mago capaz de llevar el drone a los palacios operísticos o convertir los teatros en misiles y que se inventó el solito el noise de los 80 y 90. Un gigante que, desgraciadamente, a pesar de sus colaboraciones en el New York Times, no nos ha dejado ningún ensayo -que yo sepa- donde poder conocer sus reflexiones sobre el discurrir de la música o la naturaleza del sonido. Aunque puedo imaginar perfectamente algunas de ellas cada vez que escucho esas furiosas composiciones que nos legó tan parecidas a aforismos de Heráclito y Nietzsche. Shalam
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