Sagrado y desagrado
Cada vez que leo un libro de Rubén Martín Giráldez pienso en términos musicales o plásticos. Recuerdo que cuando leí Magistral, imaginé una...
Un texto en el que he intentado parodiar, imitar y homenajear a la vez -si es que esto era posible- su estilo literario, subvirtiéndolo aún más y llevándolo a confines apenas entrevistos en penumbra por mi psique desde la primera vez que tomé contacto con sus obras. Razón por la que intento que la novela huela a herrumbre, petroleo, polvo, gasolina, cemento o a esa tinta negra con la que Edgar Allan Poe escribió Poeta ciego. Y he revisado, a su vez, muchas de las geniales ocurrencias que el escritor ha tenido a lo largo de su vida. Como, por ejemplo, el tema del doble al que intento dar una vuelta de tuerca aun mayor al confundir la biografía (falsa) de Bellatin con la (ficticia, a su vez) de Salvador Elizondo, Franz Kafka o Aleister Crowley. Repitiendo además diversos pasajes a lo largo del texto para incidir en la naturaleza del complejo ejercicio literario que Mario Bellatin ha llevado a otra dimensión en la que incursiono, colocando todo tipo de señales, huellas y pistas que nos permitan entrever su misterio. Resumiendo, La risa oscura es una exploración submarina, entre insectos, murciélagos y viejos manuscritos de los poderes del acto literario. Los cuales intento forzar hasta un límite incierto para mostrar los aspectos más sombríos, atractivos, dúctiles y, al mismo tiempo, plásticos de este arte.
En la obra intento también contemplar desde un gran número de ángulos al artista mexicano. Ahondando en su faz monstruosa, humana, artística, familiar, rebelde, parricida, redentora y, ante todo, sumamente creativa. La cual toma absoluta relevancia a partir de su encuentro con su maestro Macaco. Un enigmático ser que le indicará cómo vencer la estulticia y el apego, el egoísmo y la cobardía para convertirse en un gran artista. Para lo que deberá regirse por las reglas dictadas por Farabeuf. Un viejo señor que gobierna con mano dura un monasterio japonés situado en torno a un frondoso bosque de abedules, cuya importancia será esencial a lo largo del ensayo para comprender tanto el destino final de Mario Bellatin como alguna de sus encarnaciones en una vida pasada. En fin, como se puede certificar, La risa oscura es un delirio imaginativo, sin muchos asideros reales, que me complazco haber creado a mayor gloria de la actividad artística. Un texto que a veces parecía estar vivo y generar sus propias propuestas, imponiendo sus propias leyes creativas. Algo necesario para penetrar en el complejo alma de la literatura del creador mexicano. Protagonista de una narración en la que nadie es quien parece o dice ser, a excepción de los 101 comedores de insectos que se reúnen a realizar un ritual en torno al escritor dentro de una mezquita, y acaban realizando una orgía. Acto al que me gustaría invitar a los futuros lectores de La risa oscura cuando lo abran. Ya que, en cierto modo, el libro es un festín sexual-literario que incita a la realización de todo tipo de fantasías. O al menos, imaginarlas, tal y como yo hacía cuando, entusiasmado y, en parte, emocionado escribía muchos de sus pasajes pensando que estaba componiendo el guión para una película de David Lynch o una performance cuyo significado y sentido no desearía nunca terminar de comprender del todo. Shalam
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