Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Vista así -de esta manera al menos es como yo la entiendo- no comprendo la dificultad de Inland Empire. Se conecta o no se conecta pero ¿dificultad? Sí, entiendo que pueda existir cierta confusión. Pero no demasiado importante en comparación con la fascinación que la obra puede llegar a producir. Esa sensación de estar asistiendo a algo único, dejándose llevar por un cine que podría definir, -utilizando términos musicales- como krautrock, dark jazz o swing rítmico disonante y experimental. Una emocionante improvisación espacial que abarca muchos tiempos y lugares sin detenerse nunca. Y que, de alguna forma, siempre mantiene un punto inteligible, lógico. Pues, desde el momento en que se vuelve a consumar el engaño marital en la película que se está rodando, resulta evidente que Nikki cae atrapada por un conjuro. Se abre la caja de los truenos, los demonios comienzan a caminar y la maldición realizada por un marido engañado, orgulloso, lleno de ira y necesitado de venganza, actúa sobre ella.
Repito. Inland Empire se encuentra llena de escenas donde se fusionan tiempos distintos -de cuya procedencia no poseemos certeza en absoluto- pero podemos intuitivamente entender, las cuales aluden a un hecho muy concreto: el exorcismo que comienza a sufrir y experimentar la protagonista cuya alma se fusiona tanto con la de la mujer original que dio a pie a la leyenda como con la de la otra actriz que en el pasado ya sufrió las consecuencias por haberse atrevido a interpretar de nuevo, el papel de adúltera. Quien perfectamente pudo acabar como Nikki se encuentra, en algún momento del filme: arrojada en las calles, rodeada de prostitutas y yonkies. Escena intensa, maravillosa, no exenta de humor y crueldad que luego comprobaremos que pertenece al rodaje de la nueva versión de la leyenda, al elevarse unas grúas con sus correspondientes cámaras sobre el cuerpo marchito, desteñido de una Laura Dern inconmensurable, que interpreta aquí -y me parece que esto por una vez no es un tópico- el papel de su vida.
Por cierto, que hasta este último visionado, no había percibido la intensa reflexión sobre la naturaleza del cinematógrafo y el arte general que Inland Empire contiene. Podría extenderme sobre este hecho pero considero que podría ser redundante y que tal vez, lo que pudiera decir, despiste sobre el espeluznante exorcismo virtual, real y espiritual que contemplamos en pantalla. Aunque, en cualquier caso, sí que creo conveniente referirme a la penúltima escena: aquella en la que Nikki se contempla a sí misma en el cine y posteriormente se abraza con la muchacha que observa la película (que nosotros, a su vez, estamos viendo) en una habitación hasta desaparecer. Más que nada porque cristaliza artísticamente un hermoso misterio.
Bastantes veces, me he preguntado hacia dónde se dirige el espíritu de las imágenes que vemos en pantalla. Encendemos el televisor y visualizamos por enésima vez Casablanca. Observamos allí a Humphrey Bogart, lo vemos hablar, reírse, moverse, encenderse un cigarrillo, y aparentemente, no ocurre nada. Pero si nos fijamos, su alma, (o su imagen), se encuentra allí atrapada. De hecho, podemos contemplarla cuantas veces queramos. De una manera u otra, ella siempre estará ahí y nos proporcionará el grado de felicidad que necesitamos. Vive por y para nosotros en un lugar perdido, acaso el limbo u otra dimensión. Algo que, -y esto es lo interesante que plantea el film de Lynch (o más bien, lo que se experimenta en su interior)- nos obliga a concebir la experiencia cinematográfica como un acto de brujería. Un hechizo. Puesto que al fin y al cabo, las películas, las pantallas encarcelan imágenes. Personas, que tanto si se encuentran vivas como si no, lo están de un modo distinto y en una dimensión diferente a la habitual y, de algún modo, dado que no tienen autonomía propia, necesitan a los espectadores para resucitar. Volver a existir. Vivir.
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