La edad de oro de la ciencia ficción: Isaac Asimov
¡Qué delicia! Acabo de leer dos de los tomos dedicados por Isaac Asimov a la edad de oro de la ciencia ficción -en concreto, los que se ocupan de...

A este respecto, se comprenderá que Historia de todas las cosas era un libro realmente difícil. Porque no era únicamente -que también- un relato mágico sobre la fundación, construcción y desarrollo de un pueblo centroamericano en el que se nos narran sucesos más o menos hilarantes, increíbles, maravillosos sobre sus diversos pobladores. No. Si únicamente hubiera sido esto, muy probablemente, se la hubiera considerado una novela muy exportable si el autor hubiera aceptado pulir o atemperar ciertos incómodos ripios barrocos -para el lector común moderno- del texto. Sucede que, en realidad, el libro compuesto por Marco Tulio era otra cosa. Un diabólico artefacto que satirizaba tantos los relatos oficiales como los anti-oficiales y novelescos desde los cuales se ofrecía hasta entonces una visión de la construcción política y social del continente americano. Además de una reflexión acerca del lenguaje utilizado para narrarnos la historia americana que no por ello, dejaba de hacer una celebración del mismo. Por lo que era una novela que se encontraba prácticamente en territorio de nadie. Y era, desde ahí, desde un rincón sumamente personal y rebelde, que observaba y transfiguraba con sorna, sordidez y un negro y jocoso -pero no exento de sabia lucidez y humanidad– sentido del humor a una realidad incómoda, contrahecha, caótica, deslucida, árida y, por momentos, sí, terrible.
En este sentido, el libro engañaba, dado que, en verdad, -bajo su apariencia de novela barroca maravillosa o mágica- ofrecía una visión sin templanza y misericordia del horror, del vacío y el caos así como de la esquizofrénica indefensión vivida en muchos de aquellos pueblos americanos, cuya realidad -desde la publicación de Cien años de soledad– comenzaba a ser caricaturizada. Vista como una curiosidad exótica sin tener en cuenta ni el sufrimiento ni las condiciones, en algún caso, infrahumanas en que vivían sus pobladores que únicamente gozaban del humor y la imaginación -de lo que es un ejemplo el narrador Mateo Albán dentro de la novela de Marco Tulio- para subvertir su inclemente destino. Un destino incómodo, contrahecho e incierto, como ponía de manifiesto su final abierto, que contrastaba con el del famoso libro de Márquez que parecía cerrarse en sí mismo envolviendo a los personajes en el tiempo de la fábula.
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