El suplicio de las moscas
A Elias Canetti lo empecé a admirar cuando leí Auto de fe. No tardé mucho en conectar con la historia de Peter Kein. Aquel sinólogo que vivía...
Un bloqueo es parecido a una pájara. Invoca el absurdo del mundo. De cualquier actividad. En parte, es sano. Porque no está diciendo que no importa que escribamos o no, el mundo sigue. Y nosotros somos perfectamente prescindibles. Precisamente, contra lo que lucha un escritor es frente a esa sensación de insustancialidad. Ningún creador quiere ser pasajero pero está condenado a serlo. Un bloqueo es un signo de lucidez por ello. Es un recordatorio de que la vida es locura. Caos. Un sinsentido contra el que, no importa cuánto tiempo transcurra, sin dudas, saldremos derrotados. Algo que, en el fondo, no debería ser un obstáculo sino un resorte. Pues la meta de un artista literario debería ser testimoniar ese fracaso. Describir el pozo. La tragedia. La lucha estéril. Y hacerlo, como si fuera la única actividad importante sobre la tierra. Con la inconsciencia del loco. Como si en vez de un ser adulto fuera un niño buscando un caramelo en el océano. Shalam
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