Manowar o la guerra
Por razones que ya daré a conocer a su tiempo, he dejado de escribir por el momento Ruido y estoy concentrado en la escritura de una novela corta....

Los Ramones fueron un grupo retro mucho antes de la moda retro. Los artistas progresivos deseaban expandir el sonido pero los Ramones deseaban rememorarlo. O al menos, regresar en sus propios términos y lenguaje a un momento concreto de la historia de la música. Añoraban un paraíso perdido. Pero, por supuesto, eran muy conscientes de la caída en el tiempo. Vestían, por ejemplo, con vaqueros rotos y chupas de cuero como si fueran delincuentes. Caín. Oponiéndose conscientemente a la imagen angelical de aquellos grupos de los 50 y 60 cuyo éxito ambicionaban. Añoraban haber vivido.
No obstante, el que Ramones no pudieran alcanzar el éxito masivo ansiado hasta su desaparición no sólo se debe al cambio de época. Más bien lo achaco a su carácter peligroso. Porque Ramones no eran únicamente adrenalina. Un hueso de jamón de jabugo rockero. Un encuentro marciano entre el pop orquestal y los eruptos de un adolescente. Un cómic de la Marvel y una sintonía de televisión. Eran también el peligro. Un grupo antisistema. Había que ser un inconsciente o un loco peligroso para dar conciertos de menos de media hora en plena dictadura del rock progresivo. Vestir como un cualquiera en medio de la era glam. Dedicarse a la música y aparentar que te traía al pairo lo que pensaran de ti como músico esos críticos y locutores de los que podía depender el éxito de un disco; sacrificar el ego artístico en beneficio de las canciones; y simplificar al máximo y, por tanto, restar trascendencia a tu propio trabajo.
Yo tuve la oportunidad de verlos en concierto una sola vez (Murcia, Sala Snoopy, 1990) y nunca olvidaré la experiencia. Sin avisar comenzaron a tocar e inmediatamente una masa de gente cayó sobre mí. Desde el suelo vi la mitad del primer tema y para cuando sonó el grito de Hey! Oh! Let’s go! estaba sobre los hombros de un amigo mientras varios muchachos me tiraban de la camiseta y escupían. Lo restante, obviamente, fue un torbellino del que no recuerdo más que la constante sensación de peligro. Llegué a creer incluso que estaba en una guerra y estaba siendo ametrallado porque Ramones no interpretaban canciones sino que disparaban a su público. Lanzaban bombas, cohetes que explotaban en medio de nosotros dejándonos inconscientes y aturdidos como si estuviéramos, repito, en medio de una batalla o una vertiginosa atracción de feria.
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