El ruido silencioso
Comentaba ayer con un amigo ciertos temores que tenía referentes a una posible publicación de Ruido en el futuro. En concreto, que el público en...
Uno de los grandes méritos de El diablo sobre Ruedas radica en su guión. Una historia perfecta para uno de esos maravillosos episodios de no más de media hora de La dimensión desconocida, que Spielberg fue capaz de alargar hasta casi 90 minutos sin perder tensión. Ampliando el foco sobre los mínimos acontecimientos argumentales hasta convertirla en una película instantánea. Una obra que se disfruta plenamente en presente y es sumamente entretenida. Puede ser vista consumiendo palomitas y hamburguesas y sin embargo, es realmente aterradora. Abre una gran grieta metafísica en el inconsciente de la modernidad. Algo que tiene mucho que ver con su gran acierto. Esto es; el anonimato del conductor del camión. La invisibilidad de ese psicokiller del asfalto que transforma un viaje rutinario por las autopistas en una espeluznante ruta por las tinieblas y al enorme vehículo en una metáfora que destruye las fantasías sobre el confort y el progreso, permitiendo identificar las autopistas con la desolación apocalíptica y el desarrollo y la velocidad con el nihilismo.
El diablo sobre ruedas es, repito, una obra inmortal. Es a efectos de la carrera de Spielberg, lo que para Buñuel fue El ángel exterminador. Una película abierta y decadente que corta como una navaja por la sutileza con la que está rodada y la imposibilidad de darle una interpretación cabal. Puede ser vista como un ataque frontal a la seguridad de la clase media norteamericana representada por ese agente comercial interpretado con maestría por Dennis Weaver. Pero también, como un símbolo del final del sueño hippie y el comienzo de una época marcada por el deterioro industrial. La destrucción cotidiana provocada por el capitalismo. O incluso como una incipiente oda zombi.
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