Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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El tirano no es nacionalista. Al tirano se la refanfinflan los símbolos patrios. El tirano es un estatalista que utiliza el nacionalismo y se sirve del nacionalismo e inventa nacionalismos y cultiva los nacionalismos (también el español) para alcanzar el poder. Algo lógico porque si nos ajustamos con la realidad histórica del territorio que intenta controlar a lo más que aspiraría es a ser regionalista. Un buen amo de su castillo y punto. Un conde que cuando caga recibe vítores de sus bufones y sólo guarda dignidad cuando debe reunirse con otros nobles y comer pan con tomate, tapas de escalivada y butifarras con mongetes mientras disfruta de una deliciosa y medida copa de moscatel o cava.
El tirano es capaz de todo porque tiene tan poca valía personal y tan escasos méritos individuales que necesita ser reverenciado constantemente para no destrozarse a sí mismo. En realidad, tiene un enorme complejo de inferioridad que disfraza reivindicando su nombre y «reino» por encima de los restantes. Y por ello, está atento a cualquier suceso que pueda beneficiarle y arrojar peste sobre los demás. Nada desearía (ni le beneficiaría) más, por ejemplo, en determinados momentos que sus enemigos dispararan y le dieran en bandeja una víctima. Un muerto. El secreto motivo porque actúa muchas veces como un provocador irreverente y resulta tan fácil observarlo con gesto serio cantando un himno libertario en catalán como en mangas de camisa haciendo un «calculado» desaire a los símbolos de su nación que lo quiera o no es España.
El tirano es una «involución» histórica, una figura fantasmagórica y ridícula pero tremendamente peligrosa originada probablemente porque en España nunca ha existido una democracia real. Sólo ha habido consenso y oportunismo. Pactos que eran huidas hacia adelante. Negaciones (o falsificaciones) de la realidad. Y ni existe una separación real de poderes ni el poder está en manos de los ciudadanos. Al contrario, lo está en la de los partidos. Una partitocracia cobarde y manipuladora que sólo teme (y respeta) a los poderes económicos y que, ahora mismo, está llevando a cabo un pulso entre sí no con el fin de conquistar la libertad de su «pueblo» sino por el privilegio de gozar (ella) de más poder y dinero. De conseguir hacer de Cataluña su banco particular (en el caso de la catalana) y de poder seguir disfrutando de sus insanos priveligios (en el caso de la española). Razón por la que me carcajeo cada vez que alguien menciona la palabra democracia o el sempiterno derecho a decidir al abordar la cuestión catalana pero cuando alguien habla de tiranía y derecho a la avaricia y a la codicia le presto atención. Básicamente, porque no se trata más que de esto: «de que la pela es la pela y el culo es el culo». Pero en la sociedad de la posverdad prácticamente nadie se atreve a decirlo. Shalam
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