Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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He de reconocer que esta tesis de Zizek me resulta tremendamente sugestiva. A mí, en concreto, por razones obvias, me interesa conducirla al mundo literario o artístico. Pues se me ocurre que el videojuego sería la vida social reglada en la que, de una u otra forma, todos nos vemos obligados a participar y actuar. Y aquello que se encuentra en un segundo plano dentro del juego y a lo que no tienen acceso los actores habituales, ese universo difuso donde se encuentran esas estructuras por las que no pueden circular, sería el lugar que pertenece a los artistas. Un segmento aparentemente vacío e inexistente frente al que la ley social y el poder político se detienen y se encuentran incapacitados de transitar por más normas que impongan, pues se encuentra reservado a la conciencia artística, su imaginación y creatividad. A aquellos que plasman en sus obras, siguiendo a Carl Jung, los sueños de cientos de personas.
Creo que la imagen es poderosa y, en gran parte, certera. A mí, desde luego, me resulta muy seductora. Existe la realidad (el videojuego) y luego un espacio que participa de ella (el arte) pero que tiene sus propias reglas y leyes y de no ser porque se manifiesta al fondo, diríamos que no existe. Pues no podemos acceder a él de manera habitual ni usarlo como solemos utilizar otros objetos. Que es por lo que muchas personas consideran, no con poca razón, el arte como algo inútil. Ya que si intentamos, por ejemplo, caminar por un cuadro de Monet, agarrar un triángulo de Mondrian o dialogar con los personajes de Paul Auster o de un film de Martin Scorsese, no podremos hacerlo al contrario que si interactuamos con estos elementos en la realidad (el videojuego). Lo que les confiere de un magnetismo y misterio sin igual pues el hecho de que no podamos relacionarnos con ellos como con las cosas reales, no significa que no existan. De hecho, los vemos como contemplamos las estrellas situadas detrás de la batalla interestelar contra los marcianos que libramos en la pantalla. Una paradoja aparentemente inexplicable cuyo sentido me atrevería a resolver de la siguiente manera: si Dios existe, efectivamente debió construir un rincón para la libertad humana. Una guarida al descubierto en la que se pudiera poner todo al revés sin autodestruir la sociedad. Y ese incierto rincón que se corresponde con el principio de indeterminación de la realidad en el que no hay por qué regirse por unas lógicas ni leyes fijas (aunque esto no quiere decir que no posea las suyas), es el arte. Cuya fuerza y poder radica en que, por más que no nos demos cuenta cuando estamos jugando en el videojuego, es el actor que sostiene en último plano, el juego y la vida social. Pues de no existir el paisaje de fondo, ese lugar aparentemente intransitable, toda la existencia podría ser legislada y controlada por el poder.
Sé, por supuesto, que se podrían extraer muchas más conclusiones de mis palabras y de la reflexión de Zizek. Pero ésta, de momento, es la que más me interesa. El arte como un espacio que existe y al mismo tiempo no existe que embellece el juego de la vida. Un juego que se convertiría en predecible y en el que cada uno de nosotros sería para Dios lo que son las naves o el muñeco que movemos en el videojuego. De no ser porque hay ciertas zonas desconocidas hasta para la divinidad donde el ser humano puede experimentarse en total libertad, en la cuales sólo podemos participar o adentrarnos al convertirnos en creadores. Y mientras tanto, debemos contentarnos con atisbar a lo lejos. La mayoría de las veces, muy a lo lejos. Shalam
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