El fin del mundo
Este año le pedí a dios que me concediera un deseo muy profundo: que Boca volviera a ganar otra Copa Libertadores. Aún no sé si se me va a cumplir...
De Fignon no recuerdo ninguna cualidad en concreto sobre la bicicleta más que su temperamento y carácter luchador porque, realmente, se le veía sufrir encima del sillín. Era uno de esos ciclistas de los que casi que podíamos sentir el vaho escapándose por su boca al expirar y las gotas de sudor deslizándose por su cuerpo.
Fignon, sí, era pura contracultura. Sexo libre, nudismo y unas pocas dosis de malditismo. Pero, ante todo, un mito del ciclismo. Un deporte en el que, desde su primera aparición, se convirtió en un cromo del álbum de los elegidos. Ganó un Tour (1983) siendo un desconocido y otro (1984) imponiéndose a Bernard Hinault con una insolencia y autoridad incontestables. Realmente, estaba llamado a marcar una época. Convertirse en un enfant terrible. Un impertinente maniquí de carácter orgulloso e introvertido cuestionado por la mayoría de los ciclistas del pelotón. Odios de los que se refugiaba en el amor conyugal y las tensiones metafísicas de los dramas de Shakespeare. Sangrientas puñaladas literarias que eran la mejor metáfora para describir sus pedaladas por los Alpes y Pirineos.
Parece obvio que la muerte de Fignon no podía ser justa ni tranquila, tal y como se desarrolló su vida. De hecho, fue tan prematura como su ascenso al Olimpo de los elegidos o sus lecturas de autores malditos y sesudos ensayos. Víctima de un cáncer a los 50 años, nos dejó para siempre dando razón al odio y rencor con que parecía manejarse tantas veces en la vida. Esos gestos airados que, en el fondo, eran ramalazos de impotencia de un espíritu hastiado y desencantado por las trivialidades de la existencia. Alguien furioso por no ser inmortal, haberse convertido a la fuerza en un exiliado del Edén y poder únicamente soñar con recuperar su lugar junto al árbol del bien y del mal gracias a aquellas arrancadas, escapadas llenas de dinamismo y fuerza que realizaba por majestuosas montañas. Carreteras que se abrían a su paso como si fuera un hijo proscrito de los cielos porque Fignon parecía correr para escapar de las llamas del infierno o destruir el firmamento. En definitiva, conseguir con el ciclismo aquello que ansiaba Rimbaud: la iluminación de los infiernos. Shalam
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