Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Sí, obviamente, cuando se descubrió el montaje, el premio les fue retirado y nunca más se supo de ellos. Pero que hubieran llegado tan alto, ya apuntaba por donde iban los tiros. Porque lo que suele hacer el poder cuando desea introducir nuevos métodos de consumo por lo general es penalizarlos antes de sutilmente, darles carta de entrada definitiva al sistema.
Los artistas, de hecho, ya no aspiraban a ser un póster. Eran ese póster. Un logo prefabricado que no tenía por qué remitir a unas canciones determinadas o al menos no tenía esa obligación puesto que eran ahora esas mismas canciones las que iban detrás de la imagen. Y en cuanto la ofensiva grunge decayó bien por el suicidio de Kurt Cobain o por el desgaste lógico de toda escena alternativa que deviene masiva, el mundo musical (hablo metafóricamente) se convirtió en un inmenso tablero virtual. Una gigantesca caja de música electrónica y cerebral que decretó la muerte de la espontaneidad, creatividad y rebeldía a medida que programas como Gran Hermano, La quinta marcha, Crónicas marcianas, La Máquina de la verdad, políticas neoliberales y ficciones de todo tipo se instauraban fantasmagóricamente en la vida social. Haciendo creer al español medio que era rico. Un modelo de Milli Vanilli por ejemplo o un enorme empresario, mientras se le ocultaba la letra pequeña de contratos leoninos y todas las voces contestatarias eran opacadas o puestas en entredicho, como es el caso de la revista Ajoblanco y tantos músicos y escritores que durante los 90 tuvieron que sufrir el descrédito y vacío más absoluto o reconvertirse en estrellas mediáticas (sin nada que ofrecer más que su rostro) para conseguir sobrevivir e instaurar el reino zombie que aun continúa gobernando nuestro país y el mundo. Tal y como sugiere el éxito de Lady Gaga, Beyoncé u Operación Triunfo.
¿Cuál era el objetivo de toda esta estrategia? Que las personas se apartaran lo más posible de su origen e identidad (y tuvieran además todas las facilidades para ello como muestra Internet) provocando ese nocivo descontento que arrastra consigo la no aceptación de la realidad. Una desorientación y desencanto que muchas personas intentaron suplir con las adicciones, el trabajo, el sexo y por supuesto, el dinero. Medios (o armas) que el sistema tradicionalmente ha aprovechado para controlar a los ciudadanos y, en este caso, le sirvieron para implanta las fantasías necesarias para que la realidad nunca tuviera lugar y además, fueran los consumidores los que antepusieran sus deseos e ilusiones a la verdad.
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