Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Los padres de Sócrates eran, además de unos impenitentes demócratas, cultos y leídos, y por ese motivo tanto su nombre como su comportamiento dentro y fuera del campo remitían al filósofo griego y a la conquista de la libertad. Si el fútbol brasileño es, en esencia, una samba continua, Sócrates era un miembro de Pink Floyd en medio de ese carnaval. Puro prog rock sonando en un festival playero. Una cita de Schopenhauer entremezclada entre las habituales noticias sobre fichajes y goles. Era, sí, un deportista ilustrado cuya sabiduría y saber estar aportaban glamour y una dimensión de trascendencia al juego. Alguien cuyo porte y figura (medía más de un 1 metro 90 y sólo calzaba un 37 de pie) pero sobre todo, su estatura intelectual iban mucho más allá de los clásicos futbolistas.
En realidad, Sócrates solía beber incluso durante su etapa profesional. También por supuesto fumaba sus cigarrillos de tanto en tanto. Porque para él, el juego era una forma de expresión. Un trance. Un medio de intentar ser libre. Y no tanto una obligación sometida a un rigor profesional. Y en esas condiciones, una copa de vino, un cigarrillo eran más condimentos para disfrutar la vida y saborear aún más su etapa como futbolista que obstáculos para su rendimiento deportivo. Al fin y al cabo, Sócrates estaba en contra de los ejércitos. De la disciplina absoluta. Y por eso no logró adaptarse al numantino, espartano y sumamente competitivo fútbol italiano de los 80. Pasó un año en la Fiorentina y volvió inmediatamente a Brasil. Porque él no era un militar. Era un artista. Transmitía sensaciones con el balón. Se entretenía tirando penaltis con el tacón durante los entrenamientos, pasando el balón al primer toque como si estuviera danzando y marcando goles que eran parecidos a lienzos renacentistas. Introducía ciertamente el balón en las porterías contrarias con la calma con la que subrayaba pasajes de la obra de Séneca en su salón e igualmente, cada uno de sus movimientos tenía una inmensa fuerza simbólica. Levantaba el brazo tras un triunfo con la fuerza y orgullo con la que lo alzaban los revolucionarios que luchaban en medio mundo contra el fascismo. Y todas sus palabras desprendían una inmensa franqueza. Humildad, capacidad de autocrítica y observación e incluso una enorme fuerza profética. Tanto es así que, como lo había deseado expresamente, el mismo día que murió, Corinthians salió campeón en Brasil y los jugadores rodearon el círculo central repitiendo el gesto de gladiador que lo hizo célebre. Conscientes de que con Sócrates no sólo moría un excelente jugador de fútbol sino un icono cultural. Un hombre solidario enamorado de su pueblo que, más allá de sus virtudes y defectos y de las lógicas fallas de su pensamiento político, había luchado por hacer del mundo un lugar más justo. Más digno. Se había dejado la vida por hacer realidad esa frase (real o verdadera) que reza que «no conoce la alegría quien no ha ido jamás a Brasil». Shalam
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