Imperializm
Dejo a continuación la novena reseña del libro Los 100 mejores discos del Siglo XX. En este caso, dedicada a Imperializm de Rakete. La próxima...
Había algo mágico en Thunders. Era tan suicida y honesto que era capaz de poner patas arriba la historia del rhythm and blues en unos momentos. Cuando lo escucho, me da la impresión de que era el maestro de Gene Vincent, Chuck Berry, Elvis Presley o Eddie Cochram y no al revés. Pero también que era un discípulo aventajado de The Replacements, Mötley Crüe, Izzy Stradlin o The Strokes y no su faro como en realidad es. Probablemente porque Thunders era un ángel aniquilador. Un músico desgraciado que destruía la tradición en cada uno de sus conciertos sin dejar de honrarla. Era tan imprevisible y peligroso que le bastaba con ponerse a gritar y rasgar la guitarra para unir en torno al fuego las distintas etapas del rock. Crear un lazo invisible que vinculaba a Ronnie Lane y Stiv Bators con Tyla J. Pallas y Keith Richards y a la Nueva York travestida, salvaje, nocturna y arty de Andy Warhol, Ramones, Lou Reed, The Rocky Horror Show y Paul Morrissey con la Norteamérica campestre y bucólica de la postguerra llena de gigantescos automóviles y bares con suculentos batidos y nutridos jukebox.
Thunders era tan honesto artísticamente que, en vez de abusar de su sensibilidad para dar más lustre al espacio que la historia del rock le reservaba y conquistar fama entre sus contemporáneos, la opacó. La dejó de lado y buscó refugió en la droga para lamerse las heridas vitales. Cayó, sí, en la marginalidad. Lo que lo transformó en un mito, un ejemplo icónico del naufragio vital de muchos artistas, por las razones equivocadas. Esto es; más por ir dando tumbos en los últimos años de su vida que por su incontestable e inexplicable talento. Ese deslumbrante feeling que lograba imprimir una desmesurada intensidad a todo lo que tocaba. A veces escuchándolo, -repito- creo que la genealogía rockera empieza y termina con él porque es capaz de condensar las enseñanzas de los grandes maestros de manera rala y, al mismo tiempo, muy reconocible.
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