Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Si bien en este caso, continuamos sin poder ahondar en muchos de los episodios centrales de la vida de Melisandre. No tenemos datos fehacientes sobre su transformación en un espíritu errante e inmortal ni de cómo se convirtió en sacerdotisa de culto del dios R’hllor, sí que tenemos un mayor contacto con su personalidad. Podemos captar tanto su seguridad sobrehumana como las dudas que la embargan. La tremenda ambigüedad de un alma que parece en según qué momentos encontrarse en dimensiones lejanas y en otros, atrapada por los poderes salvajes de los mundos inferiores.
Una palabra, una mirada, un movimiento de manos de Melisandre dice tanto sobre los misterios del Aveno y el cosmos como un violento amanecer, los rugidos de un volcán o la sangre derramada de un lobo. Melisandre es la síntesis del poder femenino. Del deseo sagrado. No necesita pronunciar discursos ni imponerse por la fuerza para reinar. Le basta con una mirada para seducir y sobajar. Para conducir ejércitos. Emitir silenciosos dictados que siguen tantos reyes como plebeyos. Por eso, a pesar de que se expone a sí misma frente a situaciones peligrosas, nunca se muestra. Parece portar un velo sobre su corazón y líneas de la mano. Sabe muchísimo más de lo que dice. Y lo que sabe muere con ella. Queda oculto entra las sombras de ese mundo espectral que sus ojos invocan, alejan y acercan a la vez, como si su misión no fuera tanto imponerlo sino advertir de su presencia. Sugerir, dejar entrever con voz baja los remolinos caóticos que se forman de tanto en tanto en los vientres de los dioses. Shalam
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