Crónicas Marcianas: Bradbury o el pop antes del pop
Hasta hace una semana, no sabía que Ray Bradbury había escrito poesía. Únicamente conocía su faceta como escritor de ciencia ficción. Pero...
Lo cierto, en cualquier caso, es que Miguel Espinosa fue capaz de darle una vuelta de tuerca más a la ironía cervantina y convertir su novela en un fino carnaval lleno de sutilezas. Un fresco filosófico que, paradójicamente, no cesaba de golpear a esa filosofía medievalista y sin utilidad que se enseñaba en las aulas franquistas y vertebraba muchas de las ideas de la retrógrada sociedad que retrató.
Es muy fácilmente constatable, a lo largo de toda la novela, que Miguel Espinosa estudió leyes o al menos, se encontraba familiarizado con ellas. De hecho, en su biografía consta que fue abogado. Profesión que no sé si ejerció o no -y en el caso de hacerlo, por cuánto tiempo- pero que, desde luego, debió influir decisivamente en Escuela de mandarines. Porque Espinosa retuerce el lenguaje y lo domestica como los letrados acostumbran a hacerlo. Logrando hacer comprensible lo imposible, entendible lo abstruso y mentir con sutileza. Consigue, por ejemplo, que sus personajes -en realidad, más bien símbolos- pronuncien las más dificultosas frases con absoluta normalidad. Con la misma precisión con la que los magistrados acostumbran a recitar leyes incomprensibles para el resto de los mortales o la misma autoritaria rigidez con la que los profesores universitarios se dirigen a sus alumnos conforme fruncen el ceño y pronuncian complejas palabras que son prácticamente escudos. Justificación de sus sueldos y puestos en ese reino mandarín que, por supuesto, únicamente reconoció a la genialidad y valía de Miguel Espinosa una vez muerto.
Lo hermoso, en cualquier caso, de Escuela de Mandarines, además de su lenguaje inventado, es su sentido del humor. La exhaustiva descripción que realiza de un estado autoritario -la España franquista- de tintes kafkianos sin caer en los abismos de la desesperación. Tanto es así que creo que es, precisamente, esa ironía -aún casi más que su esfuerzo lingüístico- la que confiere un estilo refrescante a la novela. Un monumento de sagacidad y lucidez que permite entender de un vistazo, entre otras muchas cosas, las razones por las que el PP gobierna en la región de Murcia casi por decreto, por qué los continuos lapsus mentales de Mariano Rajoy en vez de perjudicarlo le han beneficiado para consolidarse como presidente de gobierno y los motivos por los que son tan difíciles de reformar la Universidad y la Constitución o la Iglesia continúa sin pagar IBI.
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