Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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En Cádiz medio mundo miraba con asombro sus arrancadas imprevisibles desde el centro del campo y su despliegue de imaginativos y precisos pases y él miraba a los gaditanos con secretos deseos de disfrutar de los partidos de su equipo en las gradas compartiendo una copa de vino y unas pipas con sus colegas.
Mágico González fue el último de ocho hermanos y procedía de El Salvador. Un país donde se celebra estar vivo. La existencia consiste en dejarse ir. Fluir si es posible y disfrutar de la suerte poder comer y dormir bajo techo. Y obviamente, no tenía ni la mentalidad de un guerrero ni la de un atleta. No quería títulos. No buscaba la fama. Deseaba pasar por este mundo sin trabajar. Durmiendo a las horas que se le antojara. Por lo que cuando el Paris Saint Germain quiso ficharlo ni se presentó a firmar el contrato, en Valladolid jugó como si estuviera retirado hace tiempo porque el clima frío le deprimía y echaba menos el sol de Cádiz y no quiero ni pensar qué hubiera ocurrido si Berlusconi hubiera llamado a su puerta y le hubiera dicho que tenía que cortarse el pelo y vestir de Armani si deseaba fichar por el Milan.
A día de hoy, Mágico es un misterio para muchos. Gente que no entiende a los cronopios ni saben lo que es el duende, miden a los futbolistas por sus estadísticas, a los artistas por sus premios y ventas y a la comida por su precio. Pero lo único inexplicable de Jorge González es su talento. Ese don divino. Cómo logró hacer con un balón profesional lo mismo que hacía con las latas de plástico con las que jugaba de niño. Cómo fue capaz de cintar jugadores con tanta plasticidad y agilidad sin necesidad de ser explosivo. O por qué lograba que la mayoría de sus goles poseyeran un sello tan suave y delicado. Que el balón cruzara la portería -o al menos diera esa impresión- a menor velocidad por lo general que la lograda por el resto de futbolistas. Algo que supongo que se debe en cualquier caso a que Mágico estaba más preocupado por la belleza de la ejecución que por el gol en sí mismo o la efectividad. A que Mágico cuidaba con idéntico mimo la pelota que el cuerpo de sus amantes. No la golpeaba. La acariciaba. La abrazaba. Le daba cariño. Y a continuación, la ponía con respeto y amor allí donde deseaba. La escuadra, el pie de un compañero o en la cabeza del delantero centro haciendo sonreír Dios y a los mortales. Shalam
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