Metáforas del ruido
He de reconocer que me está costando mucho entender qué es lo que quiere decir el personaje que protagoniza Ruido del arte. Pero uno siempre...
Sin embargo, existen otros libros cuyo argumento casi no recuerdo. De hecho, tengo más presente mi estado de ánimo mientras los leía, que aquello que narraban. Lo que no significa que no los disfrutara. Uno de ellos es El hombre sin atributos. Cada vez que releo alguna de sus páginas, siento el impacto de su prosa. Que me encuentro dentro de los pasadizos y recovecos del templo de un grandioso escritor. Pero me es imposible rememorar pasajes del texto. Sí, resulta obvio que los pensamientos que emergían de la mente de Ulrich conforme avanzaba el romance con su hermana, revolotean mi mente de tanto en tanto. Nunca se han ido de mi vida como si fuera yo quien hubiera experimentado ese amor. Y también, con vaguedad, puedo sentir la angustia y opresión que se cernía sobre mi pecho cuando escuchaba referir durante la narración, ecos de algunas de las asfixiantes reuniones de aquellos pérfidos, malévolos funcionarios del reino de Kakania. Pero apenas puedo rememorar más pasajes; ya sea la relación de Ulrich con sus padres o algún detalle o escena que, como el hilo de un rodillo, me permita ir reconstruyendo poco a poco imágenes parciales de ese retorcido e inquietante relato.
De todas formas, no creo que mi lectura fuera equivocada o una pérdida de tiempo. Tampoco digo -quiero dejar claro- que fuese la correcta, aunque en absoluto la considero errónea. Ante todo, porque entiendo que la novela de Musil indaga en la descomposición del yo. La pérdida de la vitalidad individual en beneficio de las gigantescas corporaciones. Una constatación de que Max Weber tal vez se quedara corto con sus teorías. Pues, durante el siglo XX, no ya es que los organismos burocráticos hayan doblegado a los grupos sociales dentro de las naciones modernas, sino que prácticamente han acabo imponiéndose a ellas y formando parte del aparato estatal. Un acontecimiento que permite leer (o interpretar) El hombre sin atributos y ese organismo o evento, La Acción paralela (que tanto recuerda al actual TIPP) cuyo objetivo sería desestabilizar al reino de Kakania, como un retrato concienzudo de la manera en la que el poder económico y empresarial se hacen con el control estatal (y burocrático). La forma en que este «hecho» acaba por desintegrar la vida social, (ya de por sí bastante alienada de los ciudadanos de Occidente) y, en parte, precipita las guerras mundiales, comenzando a configurar el aspecto del mundo actual. Básicamente, porque el modelo de corporación y nación descritas por Musil son similares tanto a la Comunidad Económica Europea, el FMI, la European Council of Foreign Relations como a un amplio número de organismos que, en gran medida, maniatan y controlan la política de muchos los países y, paradójicamente, se presentan, al igual que La Acción Paralela, como garantes de sus derechos.
Musil murió sin terminar su novela. Algo que no me parece casual porque su objetivo -describir las gigantescas corporaciones modernas y los engaños y medios a través de los que alcanzan el poder- era tan amplio y ambicioso que se encontraba inevitablemente condenado al fracaso. En cierto sentido, el novelista austriaco estaba describiendo las primeras acometidas de la globalización en Occidente y, en concreto, en el imperio austrohúngaro, y conforme lo hacía, seguramente entrevió que apenas estaba describiendo unos rizos del cabello del monstruo y la tarea que tenía por delante era prácticamente infinita. Pues el tamaño de estos organismos -también lo vislumbró Kafka- como ha quedado demostrado con los años, es colosal. Sus tentáculos se extienden a través de ramificaciones y bifurcaciones administrativas a lo largo del mundo en su totalidad.
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