Lázaro y sus resurrecciones
La primera vez que quise quedarme a vivir en un disco se produjo cuando escuché Hermanos carnales de Surfin Bichos. Deseo explicarme bien. Hablo de...
En fin. Tan asociado tengo Troust al escarabajo que casi que considero el disco en su totalidad, la banda sonora del recorrido del insecto por esos parajes solitarios llenos de matas secas y piedras descompuestas. Algo que, aunque supongo que complacería realmente a Captain beefheart, no sé si ayuda a comprender la grandeza real de este disco. Un hecho del que tomé conciencia indirectamente. Es decir; cuando me encontraba realizando una inmersión en la música de Tom Waits. La primera de decenas que vendrían después. Estaba yo realizando constantemente cabriolas mentales escuchando una y otra vez Swordfishtrombones, Franks Wild years y Bone Machine cuando, buscando referencias similares, me adentré en este agujero de insectos y buff… la sorpresa fue descomunal. Básicamente, porque ahí estaba el germen de la música y los experimentos de Waits. ¡Ahí estaba su alocada raíz de tintes dadaistas y subversivos!
Volviendo a Trust -o el disco del escarabajo- es obvio que no se puede obviar la influencia de su productor: Frank Zappa. Se sabe que, como suele ocurrir entre genios y personalidades fuertes, la relación entre Frank y Captain se complicó con el tiempo pero al menos en lo que se refiere a este disco en concreto, debía fluir perfectamente en la parte artística. Conociendo a Zappa, no resulta difícil imaginarlo absorto y serio al escuchar las bolsas de ácido comprimidas que conseguían extraer Beefheart y su banda. Dando en voz baja consejos y animándolos a ir un paso más allá de sus propios límites, deconstruir las canciones aún más y animarse a grabar esos fragmentos absolutamente aleatorios del disco que son una mezcla rara entre la música de cámara, el free-jazz e improvisaciones discordantes. Pura locura a mitad de camino del spoken word, un comercial de baqueros o tabaco y un dibujo de la mente de un hippie cabreado.
No resulta fácil encontrar el día -ya lo dije- para escuchar Trout Mask Replica pero cuando esto ocurre, desde luego, hay que aprovecharlo. Porque Trout es un eslabón perdido a mitad de camino de muchos mundos. Representa el encuentro entre los beats y la cultura del ácido. Las marcianadas de John Coltrane y Ornette Coleman con los cuelgues flotantes de los grupos hippies. Un cruce impuro entre la música de los clubs y el blues. Entre la pintura dadaista y las bandas sonoras cutres (pero deliciosas) de la ciencia ficción de serie B.
Realmente, no sé si es mejor escuchar Trout Mask Replica en medio de un atasco o en una negra montaña. Y tampoco tengo ganas de saberlo. Básicamente, porque lo considero el disco de la continua negación. Nunca es lo que parece ni lo que pretende ser. Pero tampoco es nihilista. Por ejemplo, sus tonadas dedicadas a rememorar la memoria de los tiempos de los piratas no creo que enaltezcan su leyenda pero tampoco la oscurecen. No son chistes pero tampoco son baladas épicas. Y, al mismo tiempo, reflejan perfectamente el alma descompuesta de aquellos bandoleros marítimos porque, ante todo, Trout Mask Replica es la INTUICIÓN. Un catálogo de piezas sonoras que más que redefinir el rock, aspiraban a redefinir la vida, permitiendo concebir imágenes ilógicas como un escarabajo haciendo el amor con un puñado de hormigas o un hell angel besando a un líder político del Black Power o un yuppie. Algo a mi entender absolutamente normal cuando se está bajo su influjo porque no tengo dudas de que cualquier persona podría llegar a realizar los más inesperados actos de ser obligado a escuchar durante varios días este pedazo de heno mojado. La Biblia del estertor contemporáneo. Shalam
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