El cochinillo
De los años en los que jugué con pasión al fútbol, me quedó clara una lección. Que el rival más peligroso no era en muchas ocasiones el club...
Puede que el mundo del fútbol sea más negocio que deporte, pero, eso sí, cuando empieza a rodar la pelota, mandan la pasión, el talento y los jugadores. Esos imponderables que hacen de los partidos batallas épicas y de los juegos rituales metafísicos. Orgías adrenalíticas. Algo importante porque un Mundial de fútbol es casi como las vacaciones de verano. Podemos admitir que haya días pasajeros e intrascendentes, pero la mayoría deseamos que nos dejen un grato recuerdo. Y además, es sinónimo de niñez. Es un placebo. Nos hace rememorar un tiempo en el que estábamos protegidos y no había demasiadas ambigüedades en la vida. Las cosas estaban claras. Eran blanco o negro. Victoria o derrota.
En cierto sentido, si la Liga es como el descanso del trabajo diario en la oficina para una gran parte de la población, la copa del Rey, salir un miércoles a ver qué ocurre y la Champions o la Libertadores, son parecidas a un sábado en la noche en la discoteca, el Mundial, repito, son las vacaciones de verano. La promesa de que podremos comer lo que queramos sin engordar ni enfermarnos. En cierto modo, provoca la sensación de que cientos de miles de personas estamos bañándonos en la misma playa sin excesiva incomodidad. Por lo que no veo demasiado descabellado comparar a este torneo en concreto con Benidorm, Cancún o Marbella. Tal vez incluso con una sala de masajes. Un resort o centro de recreo para revitalizar físico, mente y espíritu en el que conseguimos prácticamente todo lo que deseamos sin excesivo esfuerzo. Tan sólo con ponernos delante de la pantalla de televisión: drama, euforia, incertidumbre y ese orgasmo colectivo, casi divino, que sólo concede el gol. Shalam
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