Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
Contenido relacionado
Videoaverías
Averías populares
En gran medida, la música de Eleni Karaindrou (como el cine de Angelopoulos) representa el momento en que Grecia vuelve a contemplarse a sí misma tras haber abierto la caja de Pandora. Después incluso de que la esperanza hubiera hecho su trabajo y mostrara un aspecto del país sobrio y adecentado a finales del siglo XX. Con cierta limpieza y algo de optimismo que, no obstante, no podía borrar los grandes males sufridos. Los lamentos de abuelas que no conocerían a sus nietos, imágenes de hombres retornando a hogares rotos y cientos de heridas sin cicatrizar confluyendo en los semilleros del caos y la incertidumbre. Espacios ideales para que se impusieran los tiranos, los coroneles y los delirios imperialistas. Antiguos generales fascistas repartiéndose el destino de su pueblo con jerifaltes de otras culturas. Y para que aparecieran los nuevos rostros de demócratas atados de pies y manos a las corporaciones comerciales. Los nuevos (viejos) traidores de la historia. El eterno retorno, al fin y al cabo, de los sufrimientos, angustias y crisis que ponen de manifiesto que los dioses continúan riéndose de los seres humanos ya sea desde lo alto del Olimpo o desde su borroso recuerdo en el centro del Leviatán contemporáneo.
En las composiciones de Karaindrou se unen las desdichadas historias de los senectos héroes griegos con los sufrimientos de su pueblo durante el siglo XX y parte del XXI. Hay una melodía, una música interior que vincula el pasado con el presente, explicándolo. Y también cierta aceptación y comprensión de la desgracia. Un bálsamo simbólico basado más en el poder curativo, expiatorio de la música y en una mirada sin complacencia de la naturaleza humana que en la evasión o el goce.
No sé exactamente dónde compone sus obras Eleni Karaindrou. Pero no me extrañaría que lo hiciera bajo las ruinas del Partenón. Porque la poesía que emerge de su música es decadente. El canto de la última de las sirenas antes de arrojarse al mar. Una sinalefa final. Es una exploración de la belleza que hay tras las ruinas cuya intención no es tanto resucitarla sino no dejarla morir del todo. Acompañarla en su perecer y decadencia en medio de un mundo removido por las batallas de cíclopes y titanes (capitalistas o comunistas) y sumergido en los mares del olvido neoliberales.
En realidad, sí, tal vez Eleni Karaindrou no ha planteado su música de este modo. Pero vislumbro sus odas como un funeral que consigue resucitar momentáneamente a los muertos: Tántalo, Egeo, Ícaro, Dédalo. Una estatua de Palas Atenea con un brazo roto que se mantiene, a pesar de los saqueos y matanzas, erguida sobre un palacio donde yacen varios cisnes sacrificados con el cuello descuartizado. Los sueños rotos del romanticismo. Un funeral que, a pesar de traer consigo el espíritu de cientos de almas redivivas, al concluir vuelve a enterrarlas, recordándonos que, sí, tal vez Pericles construyó la más bella y justa ciudad occidental, Atenas, pero murió derrotado sin piedad al igual que sus vástagos por una epidemia de peste. Que cuando Sócrates cayó al suelo envenenado, nadie se dignó a levantar su cuerpo. Que la vida de Alejandro el Macedonio no se extendió más de tres décadas. Que tras volver a Itaca y reencontrase con su mujer, Ulises volvió a partir y probablemente a extraviarse. Y que, a pesar de ser bañado en las aguas divinas, Aquiles expiró enfrente de sus soldados. Es decir; que las corrientes de la sinrazón y la desgracia siempre estuvieron tirando fuertes de las faldas de la belleza y la justicia griegas. Y alrededor de la opulencia se fue forjando el círculo de la desgracia y la miseria.
Como ya dije, hay determinados momentos en los que la música de Eleni Karaindrou se muestra exuberante. Podría servir de fondo de un banquete celebrado en la ciudad de Síbaris que hiciera bailar a sus célebres caballos a la luz del fuego. E invoca los viejos parajes agrestes de la Sicilia, amaneceres dorados entre las murallas de las ciudades mesopotámicas y ritos de iniciación de adolescentes frente a amplios trigales y ríos calmos. Pero, finalmente, al igual que los ojos de una diosa herida, siempre se oscurece. Retorna a la noche. Hacia los sagrados himnos emitidos en torno a las tumbas de los faraones egipcios. Como si su función fuera ilustrar uno de los rituales celebrados en honor a la diosa Deméter en medio de los misterios eleusinos, iluminar el alma de los guerreros y la vida fuera una representación material del río Leteo. Un purgatorio en el que las almas incapaces de reconocerse a sí mismas vagan desesperanzadas, muriendo de orgullo jactancioso como Jasón o por ambición y vicio como Egisto.
Los griegos antiguos no creían que los seres humanos estuvieran hechos para la felicidad. Sabían que, antes o después, la alegría se convertía en lágrimas y un cuerpo robusto y sano en decrépito y enfermo. Además, los hombres se encontraban sometidos a los caprichos divinos. Y también a sus propios cambios de humor incontrolables. En este sentido, la cultura para ellos siempre era educativa. Puesto que probablemente su función esencial era la de preparar a los hombres para el dolor. El paso al otro plano. La muerte. El derrumbe de las ilusiones. Y las guerras.
Creo que la música de Karaindrou intenta precisamente esto: acompañarnos en el sufrimiento. En el «vamos muriendo continuamente» que es nuestra existencia. Consiguiendo que, al permitir que el alma se desligue del cuerpo por unos instantes siguiendo las brumas musicales interpretadas por la lira de Apolo, comprendamos que la vida en esencia es substracción. Ausencia, violencia e injusticia. Pausa continua antes de la nueva tragedia. Pues a cada dios, ley y hombre le prosigue otro dios, ley y hombre no necesariamente mejor. Una nueva muerte en todo caso. Y por ello, lo único que merece tener en cuenta es el amor. El camino hacia la experiencia profunda que los dioses velan y probablemente también teman.
0 comentarios