La fuerza de la costumbre
Como cualquier actividad, juego o ritual, el fútbol se encuentra lleno de costumbres y tradiciones. De hechos objetivos que se repiten con mayor o...
En fin. Quiero dejar constancia meses después de este regreso porque en un mundo en el que el fútbol es una trampa mediática de control ciudadano y pareciera que no hay vida más allá de cinco o seis equipos y jugadores, para algunos -yo entre ellos- Román ha sido uno de los futbolistas más carismáticos y exquisitos de la última década. Al menos, con el que más he disfrutado. Un regateador de ensueño, de otra época, odiado y admirado a partes iguales. Una especie de artista rebelde e incomprendido del que se podía esperar cualquier cosa: un imprevisible e inesperado toque de balón, un regate de leyenda o una genial, inverosímil y precisa asistencia.
¿Qué se puede decir, a día de hoy, sobre Juan Román Riquelme? Desde su debut en la Bombonera -de la mano de Carlos Bilardo- un 11 de noviembre de 1996 en un partido contra Santa Fe, se supo que no era un jugador corriente. Desde luego, no parecía el típico soldado bostero. Ni un militar xeneize. Por supuesto que era un guerrero pues de no ser así, no hubiera podido jugar en Boca ni hacer estallar la Bombonera como en tantas ocasiones conseguiría. Pero, en realidad, era mucho más que un bregador o un luchador. Mucho más. Se me ocurre ahora decir que se asemejaba una especie de caballero medieval que se planteaba el fútbol como un asunto de honor mientras, a su alrededor, la mayoría hacían cuentas de dinero o investigaban la forma de ganar un partido por las buenas o las malas. Pero tampoco sé si esta definición es exacta dado lo difícil que resulta describir a un jugador, ante todo, diferente. Distinto. Contradictorio. Ciclotímico. Tímido y explosivo al mismo tiempo. Como los grandes genios. Una especie de poeta maldito que, cuando estaba inspirado, era capaz él solo de desquiciar a los contrarios, tumbarlos en la lona y dejarlos sin ganas de jugar al fútbol durante una temporada. Un centrocampista de los de antaño que poseía además, algo de visionario y de incendiario en su forma de desplazarse por el campo puesto que se intuía, se sabía, que controlaba los espacios abiertos, libres del rectángulo de juego con solo echar un vistazo al posicionamiento de sus compañeros y los contrarios. Lo que lo hacía temible y reconocible. Radicalmente.
De lo que estoy seguro es que los ciudadanos argentinos no necesitan que se añada mucho sobre él. Y la mayoría corroborarán mis palabras puesto que han crecido viéndolo realizar jugadas angelicales y goles prodigiosos donde importaba casi más la ejecución que el gol en sí mismo. Pero me atrevería a subrayar que, a pesar de haber jugado prácticamente cuatro años en España y de estar en la era de Internet y la televisión por cable, todavía hay que explicar quién fue este muchacho, a muchos españoles y europeos que no supieron comprender ni entender su peculiar personalidad, dónde radicaban su magia y encanto y, todavía se preguntan el por qué en Latinoamérica se le considera un astro del fútbol. Lo que es comprensible. Porque, en realidad, es muy difícil descifrar muchos de los códigos de comportamiento según los cuales se regía Román en el terreno de juego y en la vida si no se ha vivido en Argentina. Si uno no se ha ensuciado las manos comiendo un asado con los amigos, destrozado unos botines pegándole patadas al balón en un potrero, visitado una villa o presenciado en directo un partido de fútbol -no importa de qué categoría-. Ya que la personalidad de Riquelme -como la de otros tantos futbolistas argentinos, Carlos Tévez, “Burrito” Ortega, Diego Maradona- se fue forjando, construyendo en esos espacios. En lugares donde la pobreza era norma, el postre un lujo, la familia o los amigos íntimos, el más grande de los tesoros y el fútbol -sin dejar de ser el más lindo de los placeres- era el último madero al que agarrarse y hacer frente al naufragio cotidiano: trabajos mal pagados, hambre, situaciones límite o alcoholismo.
Si se entienden estas circunstancias, se comprenderán muchos de los momentos claves de la carrera de Riquelme así como algunos de sus inexplicables, contradictorios comportamientos para los europeos. Román tenía una debilidad -sus diez hermanos-, una pasión -el fútbol-, un sueño -jugar en Boca Juniors-, un gran amor -su novia de toda la vida- y varios amigos leales -su padre Enmanuel Ruíz que le transmitió su afición por el conjunto xeneize y varios chicos del barrio en que creció-. Y el resto no importaba. Nunca fue decisivo para él. Un hombre humilde, leal y fiel a sus principios. Educado en la calle y en el sudor de los pastos. Y, por tanto, poco capacitado para fingimientos, hipocresías o desenvolverse con soltura en ambientes sofisticados y cosmopolitas como los que conoció al llegar a España. Aquella España del 2002 en que se encontraba extendido un alto grado de consumismo y frivolidad en amplias capas de la sociedad y cualquier club fichaba jugadores con sueldos galácticos como si fueran muñequitos de plomo.
Era obvio que Riquelme, -que no hubiera desentonado como extra en una película de Pier Paolo Pasolini- no iba a encajar en la España de Aznar. El era una especie de pícaro noble, un digno señor de los humildes con cierto aire melancólico y triste que lo hacía irresistible que lo único que pedía era que se le valorara por su rendimiento como futbolista y no por alguna otra circunstancia. Lo que lo alejaba de los deportistas tipo de aquella época quienes no admitían de pareja una mujer que no fuera modelo. Y estaban estructurados física y mentalmente como máquinas. Que es lo que nunca fue Román. Quien siempre vivió, se alimentó de la inspiración, en muchas ocasiones de su estado de ánimo y en otras, de su extraordinaria técnica y su clarividente visión del juego, para desplegar todo el fútbol que llevaba dentro.
Además, llegó al Futbol Club Barcelona en el peor momento de su reciente historia. Justo en los años en que lo presidía Joan Gaspart. Y se encontró con Van Gaal. Un entrenador que no pudo comprenderlo porque hablaban códigos diferentes. El holandés era una especie de sargento obsesionado con las teorías de fútbol total implantadas por Rinus Michels y, más tarde, perfeccionadas por el Milan de Arrigo Sacchi. Y Román, Román… no sé si realmente las conocía. Seguro que sí. Pero no lo aparentaba. Al contrario, parecía proceder de un lugar distante llamado utopía en el que la táctica no fuera importante a la hora de jugar al fútbol. Donde todavía se concibiera este deporte como un juego vistoso, emocionante o una actividad vibrante. De hecho, por su forma de concebir el fútbol, probablemente no hubiera desentonado, jugando junto a Garrincha, Puskas, Di Stéfano o Kubala. En aquel tiempo en que las televisiones transmitían los partidos en blanco y negro, y el, así llamado, deporte rey era considerado por muchos de sus aficionados como un divertido pasatiempo, y todavía no era el perverso negocio que hoy es.
Únicamente hay que revisar algunas de sus declaraciones y concepciones futbolísticas para cerciorar esta última afirmación. Juan Román nunca se cansó de repetir que para él, era el balón el que tenía que desplazarse por el césped y no el jugador. Por lo que desconocía conceptos como pressing o marcaje zonal. Además, decía disfrutar más dando una asistencia de gol a un compañero que marcando un tanto para su equipo. Y cuando se le preguntaba su opinión sobre tal o cual defensa cuya misión iba a ser obstaculizarle a lo largo del próximo partido, su respuesta solía ser clara y concisa: lo más lindo del fútbol es crear. Esto es; asistir al compañero. Regatear. Conseguir que en el rectángulo de juego el espectador pueda contemplar algo muy parecido a una representación teatral o una obra de arte. Que es lo que él realizaba cuando se pasaba la pelota con sus compañeros como si tuvieran el balón pegado en una mano.
Efectivamente, Román no era un jugador común sino más bien un eterno amateur al que no le sentaba bien el traje de profesional. Porque él estaba en el fútbol por la pasión, la elegancia, el arte, la belleza y no el rigor, la consistencia y el triunfo; aunque, obviamente, no le hacía ascos a este último como demuestran los muchos títulos que consiguiera con la camiseta de Boca Juniors. Y creo que fue ese aire de anti-futbolista, de poeta maldito, lo que nos hizo enamorarnos a mí y a muchos otros de su estilo futbolístico. De aquellos dribling, tiros libres y pases que parecían sacados de una novela, de un cuento mágico que ejecutaba con letal indiferencia, como si no fuera la cosa con él.
Era la gloria eterna o el destierro absoluto. Tras un heroico y sufrido partido en el Emirates Stadium de Londres donde habían perdido por un gol a cero, el Villarreal jugaba ahora contra el reloj. Porque el marcador señalaba empate a cero en el Madrigal y se acercaba el minuto 90. Fue entonces, rozando el tiempo reglamentario, que José Mari fue derribado por un defensa “gunner”, y el arbitro señaló penalti. Durante unos segundos, el tiempo se detuvo. Si el Villarreal marcaba el gol, nos iríamos a la prorroga. Y, tal y como se estaba desarrollando el partido, era muy probable que los jugadores del submarino amarillo acorralaran al Arsenal en su área y terminaran por rematarlo. Obviamente, el encargado de lanzar el penal sería el líder espiritual, moral del equipo, Juan Román Riquelme.
Lo cierto es que el recuerdo de aquel penalti perseguirá toda su vida a Riquelme. Cuando se haga un resumen de lo que fue su carrera en Europa, será inevitable citarlo. Pero sería injusto únicamente acordarse de este momento. Porque, en su etapa en Villarreal, Román tuvo tiempo de deleitarnos con partidos inconmensurables -¿quién puede olvidar su partido de fantasía, su actuación de tenor, frente al Inter de Verón y Zanetti en la vuelta de los cuartos de final de la Champions 2005/2006?- que, algún día, los verdaderos aficionados a este deporte rescatarán de las hemerotecas. Y además, como todos sabemos, esto fue una mínima parte de su vida. Pues la mayor parte de su carrera la desarrolló en Boca donde -aquí sí, sin dudas de ningún tipo- triunfó a lo grande y consiguió repetidas veces los más grandes títulos. Ok. Es cierto. Es verdad. Se le vio llorar alguna vez. Por ejemplo, cuando perdió la final de la copa Intercontinental del 2001 frente al Bayern de Munich. Y se le vio también muy enojado, hace más de un año, tras perder la final de la copa libertadores frente al Corinthians brasileño. Pero esto, en realidad, no son más que meras anécdotas. Porque la historia de Román con Boca no es únicamente una historia de amor. Lo es, sobre todo, de sonrisas, júbilo, pasión, locura y éxito. Mucho éxito. Como prueban las tres Copas Libertadores que ganó con el equipo, los múltiples títulos locales que conquistó o aquella mítica Intercontinental ganada al Madrid en el año del 2000 con un despliegue impresionante de este malabarista del balón detrás del que corrían incrédulos los jugadores blancos sin saber qué hacer.
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