Preguntas y respuestas (2)
Continúo aquí el avería iniciado ayer sobre algunos de mis entrevistadores favoritos. Categoría que me apetecía destacar porque apenas se habla de...
No creo, no obstante, que Hugo fuera una persona arrogante. Sí creo que era bastante egocéntrico. Un hecho consustancial a la mayoría de delanteros centro. Jugadores que suelen ser juzgados no tanto por su contribución al juego sino por los goles que marcan y además de luchar por los torneos colectivos a los que pugnan sus equipos, compiten por uno individual: el trofeo a máximo goleador. Y también pienso que era bastante orgulloso. Una característica que le fue de mucha ayuda a lo largo de toda su carrera pues sin ese amor propio rayando el narcisismo que le caracterizaba no creo que hubiera podido afrontar con garantías los dos máximos desafíos a los que se enfrentó: su desembarco en el fútbol europeo desde México y convertirse en el delantero centro del Madrid de la Quinta del Buitre.
Hugo Sánchez siempre fue, en cierto sentido, alguien incómodo. Procedía de una familia demasiado acomodada mexicana como para convertirse en el ídolo de las clases populares. Y sin embargo, en España le tocó ser insultado en muchos campos y ser considerado un «panchito sudaca» por trabajadores que ni en varias vidas podía soñar con echarse al bolsillo el dinero que ganaba en una temporada.
Así era Hugo. Una mezcla entre un educado caballero y un sangriento salvaje. Un gentleman que se tomaba un whisky tranquilamente con su peor enemigo mientras iba acomodando su cuchillo en la espalda. Podía parecer distraído mientras un rival lo criticaba pero cuando menos se lo esperaba, aparecía con su cabeza en las manos sonriendo satisfecho y dedicaba un corte de mangas a los familiares del muerto. Alguien capaz de tomar té con un hijo de la reina de Inglaterra y extraerle una muela con extrema eficacia en su consulta de dentista y minutos después, tomarse unas cervezas en Tepito con Cuauhtémoc Blanco, realizar unas declaraciones explosivas o aparecer comandando un ritual en medio de la noche en honor a Tezcatilpoca con el rostro airado. Alguien tan imprevisible como genial. Tan difícil de interpretar en la vida como en los terrenos de juego. Tan duro y rocoso como para soportar con admirable estoicismo la pérdida de un hijo y su hermana dando un ejemplo de comportamiento como lo suficientemente sensible para desarrollar una extraordinaria capacidad de empatía y no olvidar jamás las afrentas cometidas contra él. Alguien, sí, sofisticado y barrial pero, sobre todo, muy ambicioso. Con unas ganas de triunfar enormes. Pues sólo así se entiende que, sin haber cumplido los 18 años, ya estuviera integrado en la selección mexicana, que aguantara carros y carretas durante sus primeros meses en el Atlético de Madrid y hasta aceptara una bajada de sueldo para no regresar prematuramente con la cabeza agachada a su país o que disfrutara con total naturalidad de su titularidad en el Real Madrid. Convirtiéndose en el puntal de una generación de futbolistas a los que sólo le faltó la conquista de la Copa de Europa para trascender.
No es cierto en cualquier caso que Hugo no comprendiera el fútbol. Su idilio con el gol fue tan grande que algunos aficionados han llegado a pensar que, en realidad, no era más que un ariete. Un superhéroe del área. Pero hay que recordar que un partido no consta tan sólo de las jugadas que aparecen en los vídeos sino que depende de innumerables detalles. Y Hugo tenía en cuenta muchos de ellos. De hecho, era tanto el rey del remate como del desmarque. Sabía jugar muy bien entre líneas y leía perfectamente, segundos antes de que se produjera, el sentido de la jugada. Y además, podía hacerlo en carrera. Tenía instinto. No necesitaba estar parado para comprender hacia dónde iría el balón. De hecho, esa era su gran virtud. Que era muy ágil mentalmente. Sabía lo que iban a hacer sus compañeros y rivales instantes antes de que ejecutaran sus acciones. Descifraba mentes. Era un adivino solar. Y si a eso, le unimos su flexibilidad y su instinto ganador, se comprenderá hasta dónde pudo llegar: a tocar el cielo con los pies y prácticamente convertir los campos de fútbol en su rancho privado. Shalam
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