Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Jesús Gil demostró que al pueblo le gustan los ganadores. La gente de poder. Que su admiración por los triunfadores desvanece el espíritu crítico. De hecho, fue adorado tanto por médicos y abogados, periodistas y deportistas como por fontaneros y albañiles. Burgueses y obreros que probablemente envidiaban sus maneras altivas. Su soez sentido del humor y su carácter de acero. La brusquedad con la que por lo general, conseguía salirse con la suya, imponía su voluntad y desafiaba todas esas castrantes reglas que suelen atosigar y, en algún caso, estrangular a la mayoría de la población.
Gil fue el Tony Soprano de la España de la transición. Un Capone ibérico. Sus enemigos sentían una mezcla entre el asco, el miedo y la fascinación ante su figura. Y, obviamente, no tenía amigos. Sólo aliados que, dependiendo de sus intereses, podía golpear o arrojar por la barandilla sin ningún remordimiento.
Gil -estoy seguro- directamente se creyó Dios en algún momento de su vida. Alguien más poderoso que el rey y el presidente del gobierno con la fuerza suficiente para echarse un pulso con la justicia española y a quien se le pusiera delante. Algo muy probable porque, más que un hombre hecho a sí mismo, era el exacto reflejo del superyo del español medio. Una fotografía del inconsciente de la población. Un hecho terrorífico. Puesto que no había surgido por generación espontánea. Era un producto cultivado con mimo por la madre España durante siglos. Décadas de negocios turbios, comisiones arregladas, firmas falsificadas, tráfico de influencias y sobornos. Tal vez el retrato más exacto de aquello a lo que aspiraba el ciudadano medio: ser rico. Ser poderoso. Convertirse en alguien con todos los lujos del mundo a su disposición que disfrutaba casi más de provocar envidia y chulearse que gozando de sus bienes. Un tipo de hombre que despreciaba la cultura puesto que no conocía más estigma que el del triunfo y no respondía a otra ley que a la de hacer lo que le salía de sus santísimos cojones. El macho eterno. Shalam
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