Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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The Smiths definieron una época. Transformaron sus vicios y anhelos en arte mayor y después de su aparición, se convirtieron en una referencia. Sonar como ellos era lo habitual. Una norma de conducta en la música inglesa. Pero antes de su eclosión, ese territorio sonoro estaba por descubrir. Inglaterra era el reino del punk, el post-punk, la new wave y el techno. Los jóvenes miraban al futuro, ya fuera con ánimo nihilista o talante visionario. Pero nadie, desde luego, se había propuesto volver la vista atrás. Y menos en un medio en el que la MTV comenzaba a hacer furor y el vídeo estaba matando a las estrellas de la radio.
Lo cierto es que -como dije antes- aunque hoy sea casi estándar, la música de The Smiths causó extrañeza en su momento. Las referencias que utilizaban no eran obvias. Había canciones que eran una sublimación de las de The Byrds. Odas hippies sin el habitual mensaje pacífico o contestatario. Y otras que remitían -en lo que se refiere al aparato rítmico- al rockabilly. De hecho, no sé si es correcto definir a The Smiths como un fortuito encuentro entre Bob Dylan y Gene Vincent. Probablemente no, pero tampoco veo tan desajustada la comparación porque Morrissey, desde luego, tenía un gran talento lírico. Como el trovador de Minnesota, cuidaba muchísimo las letras y muchas de sus canciones más furiosas son prácticamente actualizaciones de esos clásicos que sonaban en los Jukebox norteamericanos. Aunque otras tantas hacían rememorar en principio a ciertos clásicos de la era soul y del pop orquestal que, eso sí, Morrissey y Marr se encargaban de conducir a otra dimensión. Porque su interpretación del pop era sumamente personal.
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