Fútbol argentino: un mundo sin Dioses (2)
Dejo a continuación la segunda parte del texto sobre fútbol argentino que colgué hace unos días. Ahí va: Obviamente, el fútbol no sólo fue una...
Hristo, sí, no tenía la sangre caliente. La tenía hirviendo. Al rojo vivo. Aunque a veces no parecía tener sangre sino petróleo. Oro negro que ardía y estallaba en su pecho, haciendo vibrar sus arterias en cuanto veía o hacía contacto con un balón, un árbitro lo contradecía o regateaba a un contrario. Aunque, curiosamente, a pesar de su mal genio y carácter combativo, no era alguien demasiado odiado por sus rivales. Tal vez porque era un hombre absolutamente genuino y con tanta energía que cansaba hacerle frente, insultarlo o aturdirlo. Era un guerrero sincero alejado de sutilezas e hipocresías. Un puñal sin dobleces que no amagaba ni tan siquiera a la hora de tirar una penalti o una falta. Si no le gustaba lo que le decías, te pegaba un pisotón o te insultaba, y se iba tan tranquilo a la ducha o al gimnasio. A entrenarse con una de sus míticas camisetas negras dignas de un Hell Angel o un fanático barrial. Además, su espontaneidad hacía que fuera tan divertido verlo jugar como contemplarlo bebiendo cerveza y bañándose en vino tras conseguir un título. Con la boca suelta y las manos libres para dar todos los besos y abrazos que quisiera.
Hristo fue el primer jugador originario del Este que parecía haber nacido en el Occidente. Robert Prosinecki, Gheorghe Hagi, Dejan Savicevic, por ejemplo, eran habilidosos, poseían trazos de auténtica genialidad y una técnica inigualable, pero en su mayoría, parecían estajanovistas. Haber sido forjados con un único molde; a base de trabajo y esfuerzo y muy poca imaginación. Según métodos repetitivos y obsesivos. Y al contrario, Hristo, ¡madre mía, Hristo!, Hristo parecía haber mamado alcohol de los senos de su madre o quién sabe qué. Tal vez, una coca cola. Sin dudas, una bebida nada saludable que lo habría hecho levantarse a los pocos días de la cuna y ponerse a pegar berridos persiguiendo una montaña de hilos con aspecto de balón. Y no quiero ni tan siquiera imaginar las patadas que pudo dar en el vientre de la santa que lo concibió.
En fin, no se sabe bien cómo, si fue con un gesto, cuatro patadas, una carrera por la banda o un gol, pero al poco de llegar a Barcelona, Hristo parecía haberse formado allí. De hecho, comprendió visceralmente (y como muy pocos extranjeros antes que él), al F.C. Barcelona a la primera ojeada y desde luego que la afición (no tanto la directiva) lo entendió a él, convirtiéndolo con el tiempo en uno de sus más preciados ídolos y fetiches. Algo que, en cierto modo, si revisamos su carácter y la historia reciente del club era totalmente normal.
El Barsa de los 80 era, sí, una locura. Los Rolling Stones fumando a todas horas marihuana. Duran Duran entonando fuerte y duro «Wild Boys» frente a la serenidad con que Spandau Ballet (Real Madrid) entonaban «True». Siendo, por tanto, absolutamente normal que los Boixos Nois fueran en parte dueños del Camp Nou como que se produjera un suceso tan lamentable como el Motín del Hesperia. Y que la quema de banderas españolas fuera un acto completamente institucionalizado, de tal forma que hechos futuros como el cochinillo arrojado a Figo, las explosiones histriónicas de Joan Gaspart o, claro que sí, que el John McEnroe del fútbol mundial, Hristo Stoichkov, desembarcara allí y con dos o tres gritos y un escupitajo al césped se metiera en un puño a una afición rabiosa resultaran acontecimientos totalmente naturales y casi, desde la perspectiva que da el tiempo, previsibles. Más aún, si tenemos en cuenta que ser culé era sinónimo de ser segundón. Y que, durante años, se había cocinado a fuego lento una irreprimible ira contra el franquismo y uno de sus productos más elaborados: el blanco y santo Real Madrid. El puto y rancio Real Madrid, como cantaban los boixos a coro entre puñetazos al aire cada vez que Hristo sacaba un latigazo de su pierna y quebraba las redes contrarias. Cada vez que quemaba una camiseta blanca interior, rugía como un león y moviendo los puños como un boxeador, hacía alcanzar el éxtasis a una afición que entendía que con ese guerrero, ese hombre de inteligencia orgásmica y testicular, que soltaba cantidades de esperma sin control por los poros y despreciaba con todo su alma el yoga, al fin las tornas iban a cambiarse, y el F.C. Barcelona, más pronto que tarde, se convertiría en la referencia indiscutible del fútbol mundial.
Aquel equipo en el que jugó Hristo era una locomotora. Una montaña rusa divertidísima que lo mismo descarrilaba o realizaba una pirueta nunca vista. Una panda de rockeros -¿quién no se acuerda de Bakero?- comandados por un sagaz estratega, Cruyff, que parecía haber caído en la marmita del fútbol al poco de nacer, destinado a asombrar al mundo por su insolencia e inconsciencia. Pues era capaz de plantear partidos con un 2-3-5 inaudito o un suicida 1-5-4 que eran más obras de arte picassianas, homenajes al loco Gaudí y a Salvador Dalí, que partidos de fútbol al uso. Y era normal, por tanto, que un terrorista de su talla se sintiera allí en su medio ambiente ideal. Al fin y al cabo, él era un agitador. Un esforzado provocador. Un futbolista que tal vez algunas madres quisieran como yerno, pero seguro que ningún defensa querría cubrir. Un salvaje al que no costaba nada imaginárselo comiendo rebanadas de carne cruda o bien hecha sin control. Haciendo el amor con su esposa como si fuera una prostituta, con violencia y honestidad, agarrando con sus manos su cuerpo hasta estrujarlo. Pues, al fin y al cabo, Hristo era un puto riff de guitarra tormentoso. La Popular 1. Uno de esos escasos futbolistas que uno sabía que lo había dejado todo en el campo y que, en algunos momentos, se habría planteado morir, si hubiera sido necesario, para marcar un gol. Un perro con rabia. Un animal al que le tiraban El País para que verificase lo que decía el crítico de turno de su juego, y sin pensárselo dos veces, lo partía en cuatro trozos y sin mirar atrás, iba hacia el centro del campo a poner en movimiento el balón. Un futbolista que, eso sí, a pesar de sus salvajismo, tenía una depurada y esforzada técnica. Una rapidez inaudita y gran consistencia y sabía manejar el físico con bastante inteligencia. Era el complemento perfecto a la nobleza y destreza de Laudrup y Beguiristain en el campo de juego.
Stoichkov fue el principio del fin de la dictadura madridista. Hasta que no apareció él, aún había en el Camp Nou personas que creían que Franco estaba vivo y coleando. Pero después de su tumultuoso periplo por la ciudad condal, ya no volvió a crecer la hierba en el Bernabeu. O las veces que lo hizo, fue con timidez. Porque cabía la posibilidad de que si alguien le propusiera poner una bomba en la Castellana y hacer estallar el templo de José María Aznar, Hristo financiara la operación, haciéndolo desaparecer para siempre. Una actitud que por supuesto que lo ha convertido en héroe catalán. De hecho, creo que Hristo -al igual que Cruyff- ha hecho más por la Independencia de Cataluña que cualquiera de esos políticos con cara de plasma estreñida que piden su voto a la gente que habitualmente manipulan. Tanto es así que, de haber nacido en esa región de España, y, por tanto, poder participar en las elecciones catalanas del próximo 27 de septiembre, no tengo dudas a quien votaría. Introduciría una papeleta que llevara el nombre y la firma de Hristo Stoichkov. El salvaje Hristo Stoichkov. Shalam
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