Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Otra posible explicación al arraigo de este tipo de creencias debemos buscarla en el positivismo. El impulso de todo tipo de disciplinas científicas que se produce durante los siglos XIX y XX provocaría una dictadura de la “objetividad científica” que si bien, de algún modo, provocó el perfeccionamiento de disciplinas como la crítica literaria, también la hizo alcanzar, en algún caso, límites grotescos. Muchos estudios universitarios por ejemplo, pretendiendo presentar análisis totalmente objetivos, científicos y formales de los textos literarios, construían, “fabricaban” libros en donde no existía ni se encontraba emoción ni “alma” alguna, alejándonos del goce y disfrute de la lectura. Pareciera, en según qué casos, que la obra literaria se había adaptado a un molde crítico para ser comentada. Y que no había sido observada como lo que posiblemente es: un objeto vivo, cambiante y en movimiento. Probablemente porque el orden político que se encontraba detrás del positivismo como del dogmatismo religioso, no estaba interesado en permitir que el mundo y sus cosas “fluyeran” en libertad sino todo lo contrario.
Hago este comentario, no porque crea que pueda aportar nada nuevo a alguien. Toda persona que ha trabajado en contacto con las obras de arte y tiene un mínimo de sentido común, habrá reflexionado en términos semejantes. Y aunque no esté de acuerdo con los comentarios pasados, al menos los habrá tenido en cuenta para forjarse su propia opinión sobre este asunto. Lo hago porque, desgraciadamente, los tiempos que estamos viviendo, nos obligan a repetir este tipo de contenidos una y otra vez. Aunque intuyo que, probablemente, en próximas décadas y, desde luego, siglos, los ciudadanos habrán superado del todo este tipo de prejuicios. Los verán como una rémora del pasado, una especie de superstición y un pensamiento que atenta contra su libertad individual e íntima pero entiendo que todavía no ha sido así. Estamos en trance de pasar a un nuevo estadio de conocimiento en la forma de pensar y concebir la cultura así como de interpretarla pero todavía no damos el paso definitivo. De todas maneras, el cambio es inevitable. Siempre y cuando Internet siga siendo un espacio libre en el que la intervención de los estados sea mínima.
El contacto entre varias obras que, por algún oscuro azar, voy descifrando alternativamente modifica la visión que de estas tengo, amplia mis expectativas y abre mi mente a novedosos y, en ocasiones, arriesgados modos de leer que, de algún modo, se corresponden con nuevas y plurales formas de entender la existencia. Una existencia que fluye constantemente y me obliga a variar incesantemente la opinión que tengo sobre mí y los libros. Lo que me conduce a experimentarme en total libertad de una manera que nunca hasta entonces había sentido y que no tengo otra opción que celebrar.
En realidad, el mundo en que vivimos actualmente es tan proteico y caleidoscópico que es muy difícil mantener una actitud crítica y lúcida frente a sus acontecimientos si nos centramos únicamente en un libro y continuamos leyendo e interpretando a la manera tradicional. Es cierto que, como indica la máxima teosófica, “todo está en todas las cosas” y que, profundizando en un único texto, podemos encontrar muchas respuestas -siempre que hagamos las preguntas pertinentes y lo abordemos desde el punto de vista adecuado- a gran parte de las cuestiones de nuestro tiempo. Hace poco, leí, por ejemplo, el imprescindible El cerebro del mundo de Adrián Salbuchi y obtuve una visión muy precisa y acertada sobre los efectos y porqués de la globalización así como sus futuras consecuencias. Además, conseguí tener al fin una explicación concisa y convincente de las razones por las que EUA perdió -supuestamente- la guerra del Vietnam o un hecho tan descomunal -y todavía muy poco estudiado y analizado- como la caída del comunismo a fines de la década de los 80. Pero si somos sinceros, reconoceremos que no es fácil encontrar un libro que sea compendio, foco y resumen de la situación actual de nuestra civilización. Al menos desde el romanticismo y la época de Hegel, se reconoce que es imposible. Pero esto no significa que no haya métodos como el que planteo aquí, para ir trazando mapas, cartografías desde las que leer el mundo y mantenerse en un estado de, digamos, sabia y lúcida consciencia armónica. O como se quiera llamar. Porque lo que se trata es de que los poderosos no traten más como idiotas al pueblo, de resistir y abrir al fin las posibilidades culturales a una gran parte de la población.
Leo un aforismo de Friedrich Nietzsche y, a continuación, uno de los poemas en prosa de Charles Baudelaire, y en mi cerebro comienzan a formarse nuevas correlaciones antes no entrevistas mientras mis neuronas se sienten estimuladas como nunca previamente. Tras Baudelaire, llegan varias páginas de Sófocles, un capítulo de una novela de Gore Vidal y algunos párrafos de otra de Pynchon que combino con distintos artículos rabiosos sobre la situación económica y política actual y un nuevo texto se ha formado en mi cerebro sin que esto signifique acabar con los sentidos y significados con los que fueron escritos originalmente los anteriores. Al contrario, estoy disfrutando y siendo estimulado de forma muy gozosa. Algo muy lógico. Y que debería ser habitual. Porque la literatura está hecha para los lectores. Y debería ser considerada, por tanto, la fiesta del lector y no la del escritor.
Probablemente, todo este mar de confusión y equívocos surge, como ya vislumbrara Friedrich Nietzsche, entre otros muchos motivos, por considerar los nombres como realidades y verdades y no como meras posibilidades. Michel Foucault no dudó en su momento por ejemplo en indicar que estas normas venían dictadas desde unos centros de poder que tenían la misión de controlar la utilización del lenguaje y sus interpretaciones. Lo que hace muy arriesgado o difícil realizar planteamientos como los que estoy exponiendo que tienden a ser mal interpretados o criticados sin piedad. Por lo que intentaré ofrecer una ejemplificación de lo que pienso sin apoyarme en un texto escrito. Ya que estoy convencido de que si lo hago con imágenes y música, se me entenderá más o, tal vez, se me “intentará” comprender mejor.
Hace poco, por ejemplo, estaba observando un capítulo de la serie El fugitivo que puse en pausa por unos instantes para consultar una escena de otro producto televisivo con el que tiene -bajo mi punto de vista- bastante en común- El prisionero-. Y, tras unos minutos viendo la serie protagonizada por Patrick McGoohan, decidí abrir otra ventana en youtube buscando escenas de Acorralado -la primera película de la saga Rambo– puesto que algunas partes de su argumento, se me antojaba que tenían puntos en contacto con El prisionero y, sobre todo, El fugitivo. Me parecía entonces que podía hilvanar un párrafo para mi libro De rerum naturae en que relacionara estas obras. Y cuando me sentía ya preparado para hacerlo, me llegó un mail de un amigo mexicano en que me preguntaba si iría a alguno de los conciertos, que Metallica ofrecerían en el foro Sol del Distrito Federal (México). Vivo actualmente en Xalapa (Veracruz) y, aunque la distancia entre ambas ciudades no es mucha, mis prioridades ahora son otras, por lo que le contesté -sin dejar de agradecerle su propuesta- que no asistiría. Contestar el correo electrónico, me desconcentró de mi tarea de escribir y decidí irme a correr escuchando varios discos de Metallica.
Fue entonces, mientras trotaba alrededor de los bellos lagos de Xalapa, que un afluente de nuevas conexiones se agolparon en mi cerebro. Al escuchar los gritos y ritmos brutales, monumentales compuestos por el grupo norteamericano, se comenzaron a aglutinar en mi mente varias imágenes de Acorralado y de muchas otras películas cuya acción transcurre durante los años de la guerra de Vietnam o, como en el caso de la película protagonizada por Silvester Stallone en los años inmediatamente posteriores. Esto provocó que las letras y gritos de rabia, violencia y desesperación contenidos en discos como Kill’em all o Ride the lightning comenzasen a tomar otra significación. Hasta entonces, cuando yo escuchaba esas canciones, me contentaba con darles la típica y manida interpretación consabida por todos. Es decir; que son una especie de exabruptos surgidos del rabioso alma de unos muchachos recién salidos de la adolescencia que se rebelaban contra el sistema capitalista -que, más tarde, los absorbería- y procedían de los extrarradios de una sociedad industrial inhumana a la que retrataban y criticaban sin piedad. Sin embargo, al escuchar estas melodías, mientras acudían a mi cerebro imágenes de películas como Rambo, Desaparecido en combate o Apocalipsis now, mi interpretación de ellas comenzó a variar. De hecho, empecé a disfrutarlas más porque, al mezclarlas con secuencias de El cazador, Platoon o La chaqueta metálica, me parecieron la banda sonora ideal para describir el horror y la matanza sin fin que supuso Vietnam.
Al volver a mi cuarto, decidí escribir un texto sobre los dos primeros discos de Metallica y el por qué y cómo eran muy difíciles de entender sin tener en cuenta las consecuencias de la guerra del Vietnam. Pero pensé que nadie lo comprendería porque -dirían- se apartaba de la versión oficial y no dejaba de ser una interpretación subjetiva mía sobre un hecho no demostrado, y finalmente, no lo hice.
Sé que esta idea no es original. De alguna forma, Johann Gottfried Herder y muchos de los integrantes del movimiento romántico, “Sturm und Drag”, tenían esta misma concepción de las obras literarias en su conjunto. Y es muy habitual en las vanguardias de principios del siglo XX. Simplemente, la cito aquí para ofrecer un testimonio más de las posibilidades que podríamos manejar si pusiéramos en el mismo nivel que a la razón, la intuición, la pasión y la imaginación. Que es lo que tal vez pretendían Brian Eno y Peter Schmidt cuando, décadas antes de la irrupción de Internet y en un momento en que la influencia surrealista se había diluido mucho, crearon las Estrategias oblicuas -un juego de cartas en las que se incluían frases, citas, consejos y paradojas que, a modo de oráculo, ayudaban a resolver los problemas que se les planteaban a los artistas en el momento de la creación- contribuyendo a construir vías a través de las que podría transitar el pensamiento y la literatura del futuro. Como también lo habían hecho antes, Gilles Deleuze y sus libros filosóficos repletos de todo tipo de sugerencias, construidos para ser leídos de tanto en tanto y a saltos; y sí, -aunque no guste y no quede bien actualmente hablar de estos textos- libros como Rayuela de Julio Cortázar, Manhattan Transfer de John Dos Passos, Contrapunto de Aldous Huxley o el, para mi, injustamente denostado, El cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrell: obras todas ellas que experimentaban con las distintas formas de contar una historia, alternaban distintos tiempos y personajes de forma simultánea y contribuían, de una forma u otra, a que la conversación múltiple, la experiencia plural se produjera, los espacios y lugares se disgregaran y el pensamiento se acelerara y mutara constantemente en busca de centros “de libertad” en los que no ser controlado.
En Pierre Menard, autor del Quijote, el escritor bonaerense invitaba a leer La Odisea o La Imitación de Cristo como si la hubiese escrito Louis Ferdinand Céline. Lo cual, efectivamente, -estaremos de acuerdo- es muy estimulante. Pero el problema, a mi entender, es que, casi más de cincuenta años tras la escritura de este cuento, esto ni siquiera se ha realizado o planteado. Conozco muy pocas personas que lean En busca del tiempo perdido como si hubiera sido escrito por Charles Baudelaire, La Migala por Albert Camus, Las minas del rey Salomón por Emilio Salgari o La locura de Almayer por Edgar Allan Poe. Y sucede que, bajo mi punto de vista, estamos comenzando a necesitar, no ya que se interpreten los textos literarios como si hubieran sido escritos por diferentes personas sino que, al tiempo que los escritores construyen sus propias obras originales, comiencen a reinterpretar textos ya escritos (como, con mayor o menor fortuna, -ahí no entro- ha realizado Agustín Fernández Mallo con El hacedor), y retomen personajes literarios enterrados -alguna editorial ya se ocupa de esto-. 
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