Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Yo he visto varios clásicos en ambos campos -Monumental y Bombonera- y puedo asegurar que el ambiente es inenarrable. Porque la victoria de uno u otro equipo lava frustraciones, redime almas, convierte los pesares en bendiciones. El fútbol se inventó en parte para sustituir a las guerras. Como una metáfora que venía a paralizar los duelos a cuchillo y revolver. Frente a la dictadura de los tanques, llegó la del balón. Y el partido entre los dos monstruos de Argentina lo demuestra. Las hinchadas celebran los muertos que se han conseguido cobrar a lo largo de los últimos años. Hay continuas amenazas de muerte. Armas y fuego. Y la salud mental del país depende de los 90 minutos de juego. Los entrenadores no son entrenadores sino generales. Los presidentes, emperadores. El público, soldados y los jugadores, gladiadores.
Boca y River son gemelos. Hermanos de la misma ciudad y nacidos casi en la misma calle. La leyenda cuenta que, a principios de siglo, ambos clubs vivían en el mismo barrio. No había espacio para ambos y decidieron jugar un partido para decidir quién se quedaría en su lugar de nacimiento. Ganó Boca y desde entonces, se cree que nació la paternidad de victorias que todavía hoy sostiene el club xeneize sobre los millonarios. Pero supongo que si el historial de triunfos cambiara de bando, la historia se contaría al revés. En cierto sentido, si nos fijamos, no importa quién gane o pierda. Lo que es determinante es que ambos son equipos nacidos del mismo vientre y que mamaron de la misma teta porque esto concede a su rivalidad una dimensión ancestral.
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