Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Realmente, ahora que vemos a Daniel Alves fracasar día sí y otro también en sus internadas por la banda dejando una autopista detrás suyo por la que se abren todo tipo de huecos para los rivales y que la mayoría de aficionados se ríen del antaño temible lateral, supongo que se entenderán mucho mejor los múltiples logros de Guardiola. Pep sabía situar a cada jugador perfectamente, leer e interpretar sus posibles errores y preparar y alertar a sus compañeros cuando perdían la posición. Por eso Alves, entre otros motivos, era tan certero en su momento. Porque en ese equipo con todo tipo de movimientos articulados y estudiados, tanto Messi como Xavi, Pedro, Iniesta, Villa o Eto’o sabían dónde y cómo tenían que presionar para que el balón volviera a sus pies sin generar peligro y de no ser así, Busquets, Keita, Touré, Piqué o Puyol se encontraban atentos para hacer las coberturas necesarias. En suma, había toda una estructura para paliar los defectos de Alves y que sin que éste viera desnaturalizado su juego, permitía extraer lo mejor de sus incursiones en campo contrario. ¿Messi? De este señor, el barrilete cósmico de más grandes dimensiones que han visto hasta ahora mis ojos, está todo dicho. Guardiola le eliminó la dieta de caramelos y dispuso todo el armamento zonal del equipo para generar situaciones favorables para él. Todas esas jugadas que Leo tiene que construir ahora por sí mismo basándose en su genialidad, le eran facilitadas de una y otra manera por sus compañeros en base a un cronograma; un plan estudiado una y mil veces por una mente, la de Guardiola, que se dejaba la piel diariamente ensayando tácticas, probando fórmulas para desbaratar la estrategia del contrario y perdía pelo a pasos agigantados para que su Barsa, el equipo de sus amores, no se hiciera previsible, siguiera consiguiendo títulos. Al Camp Nou devolvió, por ejemplo, a Gerard Piqué; un defensa al que convirtió en un coloso dándole los pasos, pautas y medidas justas para que consiguiera sacar partido de sus ingentes cualidades. Y se dio el lujo además, de subir de la cantera a un genio, Busquets, un aguerrido muchacho, Pedro, un titán, Thiago, y un ramillete de prometedores jóvenes, Isaac Cuenca o Tello, a un equipo que se convirtió en el mayor homenaje nunca jamás visto al fútbol. Un conjunto que con sólo mencionar su nombre creaba entusiasmo, disparaba los corazones y provocaba felicidad, como pueden comprobar quienes hayan viajado por el mundo en los últimos años. Un mundo que se ha teñido de blaugrana y llora ahora la ausencia de sus ídolos y héroes eliminados de las pantallas de la televisión por un grupo de sátrapas, mediocres hombres de negocios ajenos al heroísmo comandados por Sandro Rossell.
¿Alguien cree que el gol contra el Chelsea de Iniesta en aquella mítica semifinal de Champions fue una casualidad? En absoluto. Obviamente, ese partido se podía haber perdido. Pero el empuje, el entusiasmo y el cuidado con el que se preparaban los encuentros hacían posibles milagros como el conseguido en Stamford Bridge que, en otras condiciones, son mucho menos factibles. Detrás de la pierna de Iniesta se encontraba todo un entramado técnico y un equipo directivo empujando, animando, alentando. Entusiasmados con una idea del fútbol. Absolutamente comprometidos sin importar lo que decían los gritos de los madridistas, obligados muchos de ellos a aplaudir ante tal despliegue futbolítico. ¿Títulos? Si es que suena hasta ridículo hablar de títulos cuando se habla del Barsa del Pep. Que lo hagan otros. Los resultadistas. Yo me referiré ahora a los partidos perdidos que nunca se produjeron porque los rivales fueran mejores (al menos hasta el último año de Guardiola en el club). Nunca. Siempre se debieron a circunstancias, lances normales e inevitables en el fútbol, pero jamás a que algún equipo se posicionara durante los 90 minutos mejor que el F.C. Barcelona. En cada partido del Barsa de aquel entonces, existía la seguridad de que nos encontrábamos ante un acontecimiento, frente a animales absolutamente convencidos de una idea y estilo de juego con unas ganas inmensas de morder la presa, masticarla y luego, si era posible, devorar los huesos. Y casi sin quererlo, muchos que apenas veíamos ya fútbol, volvimos a enamorarnos con este deporte como cuando éramos niños ante tal despliegue de fantasía y esfuerzo. Un cruce entre una película de Walt Disney y la épica Gladiator. Una oda al deporte de fantasía y casi que a la imaginación que mientras no vuelvan Laporta, Cruyff o Guardiola al club, no creo que volvamos a degustar.
Muchos ya saben la historia pero conviene repetirla. ¿Cómo se rompió este romance eterno con la grandeza y los cielos? Vamos por partes. Todos los equipos tienen su ciclos. No muchos conjuntos pueden soportar estar más de cinco años ganando sin interrupción. Pero lo lamentable en este caso, es que no sucedió por desgaste y por supuesto, menos por Guardiola. Al contrario. Pep es un estudioso infatigable del fútbol. Estoy convencido de que conocía hasta los gramos que variaba semanalmente el peso de sus futbolistas y que ya había previsto lógicamente este final. Para que esto no sucediera y poder adelantarse a los acontecimientos con el fin de construir un nuevo Barsa imbatible, decidió una lista de bajas (que ya todos conocen) que Sandro Rossell no aceptó puesto que deseaba fichar a Neymar. Y a partir de entonces, y con su salida, el equipo fue descendiendo progresivamente su nivel hasta convertirse en lo que hoy en día es: una caricatura de aquella maravilla que nos dejaba sin aliento en los sillones, la cual únicamente se sostiene en pie por el peso de la herencia recibida y la extraordinaria calidad de sus jugadores.
Con el tiempo hemos sabido la verdad. Nos faltan algunos detalles para terminar de apuntalarla pero ya la conocemos. El Barcelona ganó su cuarta Champions (mucho más que la tercera) en gran medida, gracias a Guardiola puesto que fue él quien salió a dar la cara cuando se hablaban maldades del equipo desde Madrid, dando una alucinante rueda de prensa en el Bernabéu en la que puso por una vez el dedo en el ojo de Mourinho. Aquel año, Pep tuvo que realizar todo tipo de esfuerzos para mantener el barco a flote y estuvo a punto de ganar un más que merecido triplete. Pero estaba solo. Hacía unos meses, Sandro Rossell había ganado las elecciones y sus ánimos de venganza contra la anterior junta, Joan Laporta y sus guerreros, le hicieron escurrir el bulto y actuar como si fuera un avestruz frente a un sinfín de ataques que provocaron un desgaste inmerecido a Guardiola. El amor de Pep por el club y el que Rossell no desvelara sus cartas totalmente aún, (puesto que se habían ganado Liga y Champions) sin embargo, le hicieron continuar pero cuando comprobó que en determinados partidos como contra la Real Sociedad o el Español, sus jugadores no daban el máximo tal y como él necesitaba para sentirse comprometido y el presidente lejos de apoyarle por todo lo que le había dado a la institución, casi que se reía de él y lo intentaba desquiciar con ayuda de algunos periódicos de Barcelona, Pep se fue para siempre, dejando atrás el mayor legado futbolístico conocido jamás.
En fin, afortunadamente, quedan los videos. En la era de internet es posible visualizar cientos y cientos de partidos pasados. Y esto es lo que haremos muchos mientras los socios no traigan de vuelta a Cruyff, Laporta o alguien afín a sus posturas por el Camp Nou: volver a ver los partidos del Barsa de Guardiola mientras el de Martino, Tito o quién sabe qué títere de la directiva juega. Porque lo que no podrá borrar nadie, ni Florentino ni Rossell ni Gaspart (que vienen a ser lo mismo) es la gloria del equipo de Pep. El buen sabor que nos dejó. Las sonrisas que todavía emitimos cuando recordamos sus grandes momentos. Aquellos partidos contra el Manchester United en Roma y Londres, los triunfos (sobre todo, por la forma en que se produjeron) contra el Madrid, los besos que Messi dio al escudo al meter su mítico gol contra Estudiantes en la final de la Intercontinental, los recitales contra el Arsenal, las combinaciones entre Xavi e Iniesta más propias de Oliver y Benji que de la realidad, el tesón recompensado de Puyol, las sonrisas de Villa, las carreras y gritos de Eto’o, las diagonales de Busquets y tantas y tantas imágenes gloriosas que además de enaltecer este deporte, nos hicieron felices. Dieron sentido a las horas que muchas personas hemos pasado practicando, viendo o hablando acerca de fútbol. Shalam
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