GRAN HERMANO.
He pasado hoy varias horas escuchando el disco Diamond dogs de David Bowie. Sí. Esa maravilla. Y me ha sido inevitable pensar que sus acordes suenan...
Stardy era tan primoroso e inteligente que muchos de sus grandes aportes son realmente difíciles de identificar. Articulaba el sonido por ejemplo como si cada nota fuera una onda mágica cuyos ecos y efectos perdurasen mucho tiempo después de haber aparecido. Y por ello es que probablemente fuera muy habitual que ciertos motivos se repitieran cíclicamente en sus producciones como que se llevaran a cabo una serie de breves confrontaciones entre notas disonantes e instrumentos que provocaban súbitas metamorfosis y mantenían la tensión en el oyente. Fue, sí, un productor impresionista. Casi más pintor que músico. Alguien que mezcló a Debussy con el pop y el rythm’n’blues que se escuchaba en los club y se valió de todo tipo de efectos vaporosos y reverberaciones que emergían de su monumental sintetizador Korg para llevar la música a cotas más propias de la ciencia ficción que de la realidad o transformar cantinelas populares en pasajes ambientales dignas de aparecer en cualquier película. Y además, lo hizo con un espíritu lúdico y risueño muy reseñable. Como si en vez de estar aportando su talento al desarrollo de la música, estuviera jugando a las cartas o al ajedrez con amigos en un ambiente desenfadado. Trabajando como una bestia con el sano objetivo no tanto de conseguir la perfección sino la felicidad. Motivo por el que probablemente fue capaz de convertir unos cuantos discos en míticos ya no tanto por su afán de trascendencia sino por restarles drama. Conferirles un ánimo distendido y pasajero que finalmente, los transformó en valiosas joyas de la era moderna. Símbolos de cierto tipo de delicioso ocio contemporáneo y europeo.
Desde luego, es posible encontrar gran parte de las características como productor de stardy en su obra maestra (en este caso como autor): La formule du baron. Un disco brutalmente melódico que es casi una epifanía santa del pop. Una maravilla que, a pesar de que no es perfecta (ni falta que hace), condensa muchos de los logros de un músico con aires de genio renacentista que convirtió la música ligera en un recreo gozoso. El tema que lo abre, «Monsieur Detour» es un absoluto clásico. Uno de esos temas que quedan grabados al momento en el insconsciente del oyente y estoy seguro de que hubiera fascinado a John Coltrane en caso de haberlo escuchado y hasta se hubiera animado a interpretar su propia versión. Y el resto de temas, sin llegar a volar tan alto, forman una ensalada sabrosa y sugerente de sonidos en la que no falta prácticamente nada. Pues podemos encontrar tanto funk como jazz y psicodelia. Divertidas experimentaciones, giros y contragiros instrumentales, revoltosos encabalgamientos de sonidos, acarameladas y nocturnas melodías, guiños a la canción erótica y trasnochada así como festivos acordes contrarrestados por leves tonos decadentes en medio de una ensalada musical que pone de manifiesto las enormes prestaciones y modernidad de los estudios CBE. La segunda casa de un hombre para el que nunca fue más apropiado afirmar que la vida era una canción. Una avasalladora y suave tormenta de acordes que concedían dicha y alegría y ganas de vivir, como demuestra ese primaveral y entrañable single, «Le Sifflet du Baron», con el que puso el epílogo perfecto a sus aventuras como barón del pop. Shalam
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