Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Sin embargo, lo que hace aún si cabe más impresionante el duelo entre Nadal y Djokovic es que ambos tienen probablemente más similitudes que diferencias. No representan distintas concepciones de la vida sino parecidas. Uno de ellos es hierro y el otro, acero. Nadal es una montaña mentalmente pero Djokovic es también muy cabezón. A veces, incluso pareciera que, en vez de jugar al tenis, está levantando pesas. Demostrando al mundo lo que es capaz de resistir. Los dos además, son temperamentales y aguerridos. Restan mejor que sacan. Y les gusta controlar totalmente el juego. Mental y físicamente. No son tenistas a los que les complazca realizar el golpe perfecto. No son equilibristas. No sueñan con el revés perfecto sino con el partido TOTAL. Y eso los hace incontrolables. Temibles. Indomables. Pues en cualquier momento, pueden resucitar. Volver. Conectarse.
Hay varios partidos entre Nadal y Djokovic que forman parte de la historia sagrada del tenis. La final del Open de Australia 2012 fue tan grande que ni siquiera, a día de hoy, alcanzo a definirla. Porque no fue exactamente un poema al tenis. Fue un poema histórico sobre la agonía y la guerra. La vida y la muerte. Fue algo tan descomunal que sólo se me ocurre comparar esa experiencia con la que sentían los gladiadores en el circo romano. Porque eso no fue exactamente un partido. Fue un ritual de sufrimiento y esfuerzo. Un apareamiento de férreas voluntades que por una vez, sí, parecían dispuestas a morir en la cancha. Parecían preferir su fallecimiento a la derrota. La agonía a la rendición.
Federer tiene un carácter afable pero parece forzado. Cualquier fotografía de Federer es la fotografía perfecta. Federer es templado. Su hábitat natural es una instalación VIP. Un restaurante de superlujo. Pero el lugar de Djokovic y Nadal es el barro. A Djokovic puedo imaginarlo corriendo por el hielo. Cayendo en medio de montañas sin cesar de reír. Y a Nadal lo lógico es imaginarlo sucio. Revolcado por el pasto persiguiendo a un toro. Porque ambos son dos exagerados. Dos extremistas de la vida. Tanto que su naturalidad deja muy lejos a cualquier intérprete sobreactuado. Cuando ríen o lloran parece que lo hace el planeta. El mundo en su totalidad. Ambos son rock. Tienen la cabeza fría pero convierten la cancha en un caldero. En un plato de fuego. Y han sido minusvalorados desde que empezaron a jugar al tenis.
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