Los caballeros
No importa que haya jugadores que rompan raquetas, griten a los árbitros o incluso simulen masturbaciones que supongo que todos estaremos de acuerdo...
Creo que esta final la empezó a ganar River varios años atrás. Concretamente, el fatídico día que descendió a la B. El club gallina llegó a encontrarse por debajo de la losa del suelo y de ahí, ciertamente, únicamente se puede subir. Quien toca fondo y lame el polvo -en caso de que logre recuperarse- es mucho más peligroso que quien se mantiene estable sobre los cielos. Si sobrevive a las burlas, lo más probable es que el que ha sido ridiculizado y humillado se convierta en un navajero vengativo. En un terrorista destructivo mucho más difícil de abatir que previamente lo había sido. Además, el club millonario ha tenido la suerte de contratar a Marcelo Gallardo. Un técnico inteligente de temple maquiavélico y luchador que como entrenador ha desarrollado y amplificado dos virtudes muy importantes que ya mostraba cuando era jugador: saber leer muy bien los partidos y ser un motivador nato. Por contra, en la otra vereda se encontraba un equipo con el zurrón lleno. Harto y saciado de ganar títulos locales, que venía de atravesar la mejor etapa de su historia. Pero que había ido poco a poco perdiendo los referentes de su época dorada.
Boca era levemente inferior a River pero no perdió la final por esa desventaja futbolística sino porque no supo jugar bien sus bazas y no fue capaz de hacer bascular su esquema táctico según le conviniera. Porque no fue consciente de que, desde hace tiempo, tiene un problema serio -mucho más grave de lo que parecía en principio- llamado Marcelo Gallardo y es urgente que encuentre el antídoto. De hecho, este River no es en absoluto el mejor River de los últimos tiempos. No considero, desde luego, que la plantilla actual sea superior a la de Ramón Díaz. Pero sí que, ciertamente, es muy reconocible y competitiva. Sabe desenvolverse en situaciones adversas, sobrevivir en medio de la tormenta y tiene un plan y estilo definidos.
La final no fue, obviamente, brillante (existía demasiado en juego) pero sí una muestra increíble de tesón y garra. Fue una vuelta al fútbol de los 80. Una descarnada batalla realmente atractiva porque -a diferencia del balompié europeo- cuando contemplamos a los jugadores argentinos sentimos, en cierto modo, que nosotros también nos encontramos en el campo. Que no existe tanta diferencia entre la danza guerrera que ellos ejecutan y la que nosotros podríamos llevar a cabo de disputar el partido. Y, afortunadamente, se jugó en Madrid porque, de haberse disputado en Buenos Aires, habría habido muertos, batallas campales y cientos de heridos independientemente de quien hubiera ganado puesto que en ese país el fútbol es una bomba atómica cuyos componentes son los impulsos y pasiones de sus hinchas.
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