Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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¿Era Cioran un asceta, un karateka del nihilismo? Creo que sí. Al menos a mí me hace pensar en un humilde párroco de provincias. Un discreto señor que estaba en contacto con vampiros, súcubos y doncellas desvirgadas en potros de tortura que, a pesar de todo, no se sentía muy cómodo en su papel y desde luego no hacía alarde de sus contactos con el mundo de lo sobrenatural. Sí. A veces pienso que Cioran era el mayordomo de la mansión del conde Drácula. Un filósofo que portaba en sus manos un candelabro con el que hería la piel del pensamiento. Un dios herido que guardaba sus secretos pensamientos en una cámara subterránea; un viejo cofre de donde cada cierto tiempo extraía reflexiones, citas sobre la gangrena y destrucción de nuestro mundo con la facilidad con la que otros llenaban allí sus manos con viejos doblones, armas, monedas que a los pocos días se convertían en polvo.
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