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Desperado

Ene 3, 2015 | 0 Comentarios

Es difícil resumir en una frase la concepción de la vida de un filósofo. Pero en el caso de Ciorán resulta sencillo. Para el rumano vivir era suicidarse. Dejar que nos mate el tiempo sin oponer resistencia. Y respirar era ponernos las dos manos al cuello y apretar y apretar hasta languidecer años después. Ayer, revisando como siempre hago de tiempo en tiempo, uno de sus ignotos, descomunales viajes a los avernos, En las cimas de la desesperación, leí este fragmento que me parece de una lucidez inaudita: «Poder sufrir solo es una gran ventaja. ¿Qué sucedería si el rostro humano expresara con fidelidad el sufrimiento interior, si todo el suplicio interno se manifestara en la expresión? ¿Podríamos conversar aún? ¿Podríamos intercambiar palabras sin ocultar nuestro rostro con las manos? La vida sería realmente imposible si la intensidad de nuestros sentimientos pudieran leerse sobre nuestra cara».

¿Era Cioran un asceta, un karateka del nihilismo? Creo que sí. Al menos a mí me hace pensar en un humilde párroco de provincias. Un discreto señor que estaba en contacto con vampiros, súcubos y doncellas desvirgadas en potros de tortura que, a pesar de todo, no se sentía muy cómodo en su papel y desde luego no hacía alarde de sus contactos con el mundo de lo sobrenatural. Sí. A veces pienso que Cioran era el mayordomo de la mansión del conde Drácula. Un filósofo que portaba en sus manos un candelabro con el que hería la piel del pensamiento. Un dios herido que guardaba sus secretos pensamientos en una cámara subterránea; un viejo cofre de donde cada cierto tiempo extraía reflexiones, citas sobre la gangrena y destrucción de nuestro mundo con la facilidad con la que otros llenaban allí sus manos con viejos doblones, armas, monedas que a los pocos días se convertían en polvo.

Cioran es un espectro de la filosofía occidental. Un hombre que dejó hablar a la muerte y se negó a escuchar a los muertos. Un cadáver cuyos alaridos se convirtieron en crueles aforismos. El emperador de un reino donde aún no vive nadie y todas las habitaciones se encuentran vacías excepto una en la que se halla una mesa, un vaso de vino y un puñal rociado en veneno esperando pacientemente ser usado por un joven suicida. Shalam

ما حكّ جْلْْْْْدك مثل ظْفرك

Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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