Pepito Grillo
Carlos Boyero es tema perdido en cualquier discusión cultural en España. Conozco una persona que desearía matarlo y que afirma que, en caso de...
En este sentido, desde luego, pienso que existen pocas imágenes que definan mejor lo que ha supuesto la era de la televisión y que sinteticen con sutileza y grandiosidad a la vez, nuestra relación con ella, que aquella en la que Max Renn (James Woods), tras comenzar a descubrir los entresijos del misterioso programa llamado Videodrome, es succionado por una pantalla en la que se proyectan los sensuales labios de una joven. Quiero pensar que si algún día, nuestra sociedad llegara a su fin debido a una guerra o una catástrofe natural, a los habitantes futuros de la tierra les bastaría encontrar este fotograma para comprender muchas de las características de nuestra época de un vistazo. Ese mundo en el que muchos lloramos por no poder contemplar nuestro programa favorito y gran parte de nuestras vivencias las hemos experimentado frente al televisor; hasta el punto de que, como reza el nombre de una de las inquietantes letanías sonoras compuestas por Howard Shore para el film, el debate existencial de nuestros días sería -parafraseando a Shakespeare- Tv or not Tv. Televisión o no televisión.
Videodrome era una máquina cinematográfica perfecta y sólida, sin muchas fisuras, que describía certeramente la despiadada cultura ética que sería implantada por la globalización así como la inminente llegada de la época tecnocrática dominada por las grandes corporaciones. Anticipando, a su vez, el mundo que vendría con Internet, en el que el director canadiense se introdujo ya totalmente con la excitante e intensa aunque un tanto irregular -la película pierde en un segundo visionado cuando conocemos ya bien las sorpresas de la trama- Existen Z. Un film en el que terminaba de desarrollar las tesis presentadas en Videodrome, ofreciendo una visión aguda, lúdica y certera sobre el sexo, la vida y las relaciones virtuales en el siglo XXI.
En fin. No hablaría yo de esto hoy, de no haberme visto reconocido en estas ideas e imágenes cuando, hace unos días, me levanté y comprobé que estaba abrazado a mi computadora portátil. Me encontraba terminando de corregir un capítulo del libro El jardinero en mi cama, me invadió el sueño y me dormí inmediatamente. He de confesar que no presté yo, en principio, mucha atención a este acto hasta ayer en que contemplé una escena de Existen Z: la famosa en que Allegra Geller (Jenifer Jason Leigh), duerme junto a su creación, la orgánica consola de juegos con forma de feto, a la que se encuentra más unida que a un hijo real, puesto que ni tan siquiera necesita romper el cordón umbilical para que ambos puedan desarrollar sus respectivas vidas. De hecho, cortar el cordón sería tabú, estaría prohibido, dado que la consola es, en realidad, un ser vivo mutado genéticamente que se fusiona y confunde con el usuario y prácticamente forma parte de él.
Se esté o no de acuerdo, pienso que bastaría esta imagen únicamente para entender la clarividente lucidez de muchas de las ideas filmadas por Cronenberg. Porque, aunque nos cueste reconocerlo, no es que la computadora sea ya, aquí y ahora, nuestra segunda carne sino que, en ocasiones, -en demasiadas- se ha convertido en la primera. Para mí, que vivo lejos de mi familia, en un país extranjero, es absolutamente esencial. Leo, escribo, me informo, hablo con mi madre y amigos a través de ella. Si quisiera incluso localizar a mi última novia, no podría hacerlo si no es por este medio. Es decir, sin casi apercibirme de ello, ha llegado un momento que necesito de lo virtual para alcanzar, disfrutar lo real, y no al revés. Razón por la que aplaudo aún más la metáfora de la red como cordón umbilical con el mundo y que, vistas así las cosas, me parezca sumamente lógico haber dormido abrazado a una computadora. Una señal a través de la que mi inconsciente se atreve a decir y mostrar aquello que no me permito confesarme a mí mismo: el cariño, amor y afecto que siento hacia un aparato cuyo quiebre o rotura me dejaría vacío y desorientado por un tiempo. Los minutos u horas que tardara en encontrar un ciber-café público, donde buscar una oración en internet con la intención de pedirle a las divinidades, una recuperación pronta de esta herida, malformación o enfermedad de mi (otro) cuerpo. Pues de no ser así, sería capaz de provocar una matanza. Dirigirme con una metralleta hacia un poblado y disparar a cada uno de sus habitantes, sin importarme su credo, gustos u opiniones sobre la vida, o si son mejores o peores personas. Ya que su existencia ha pasado a serme ajena, absolutamente indiferente, si no es vista o experimentada a través de la Red. El módem. Existen Z. Esa nueva carne que comemos y con la que comulgamos cada día, que me atrevo a sugerir es el principal sostén del sistema actual, pues si nos la quitaran o erradicasen, ahí sí que tengo claro que Occidente estallaría, y ya fuese para mejor o peor, un gran cambio se produciría. Shalam
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