Tres balas en la escopeta
Leyendo las Memorias de Ultratumba, el célebre libro de Chateaubriand, me encuentro de repente con un pasaje que me provoca una profunda sorpresa....
De hecho, el judío errante es un signo de orgullo para su pueblo porque es castigado inmerecidamente por la nueva religión emergente que pretende desplazar a Israel como pueblo elegido. Por esta razón, su nombre original, Ahasverus, se oculta y confunde entre el anonimato y los múltiples hombres con los que se cruza, aunque se sabe que no lo ha perdido y que su mayor secreto consiste en no decírselo jamás a nadie pues únicamente ha de ser revelado cuando el pueblo de Israel vuelva a su emplazamiento original: la tierra prometida. En este sentido, la diáspora habría de ser entendida positivamente y como el origen de su nombre hebreo (galut) indica, al poseer la misma raíz semántica que la palabra Itgalut (revelación), encomendaría al pueblo judío a hacerse cuerpo divino a través de su errancia. Un recorrido por medio del que Dios se reconoce a sí mismo en este mundo.
Es, por tanto, el cristianismo quien utiliza la historia del judío errante de forma negativa: como símbolo de la herejía judía hacia aquel -Cristo- que consideraban hijo de Dios. Lo que, en última instancia, muestra la violencia con que esta religión intentará implantar sus dogmas de fe al resto de hombres. De hecho, como nos indica Edgar Knecht “el encuentro entre Cristo y Ahasvérus marca el punto preciso donde dos culturas se separan y una de ellas es juzgada (…). A partir del momento en que el anatema le golpea, Ahasvérus no representa solamente el pueblo deicida, él es como su alter ego Judas, el uno ciego e infiel y el otro malicioso y codicioso”. Es decir, que ese mito de incierto origen, le sirve al cristianismo para diferenciarse del judaísmo y penalizar su incierto recorrido por el mundo, tal y como nos indica Edgar Knecht: la creación del mito del judío errante “no tiene más que sentido» que «revelar la omnipresencia de una fuerza espiritual y divina, materializada y condensada en su propia persona. Conducir al cristiano a la contemplación del misterio de su fe y al no creyente al arrepentimiento y a la conversión”.
Por otra parte, al contrario que el judío errante o el emigrante renacentista, la emigración de Caín va a tener unas connotaciones negativas. Algo que convertirá a esta figura en esencial para realizar una lectura de la obra de Sábato como una apología de la redención. Pues la errancia de Caín, jamás deseada por éste, su desgracia y humillación que avergüenzan igualmente a los componentes del pueblo judío, reflejan su imposibilidad ya no sólo de volver al paraíso original sino al abrazo de la madre tierra que lo engendró al haber sido decretada, sancionada por Yahvé. Siendo, en este sentido, el exilio de Caín, como sugiere Baruj Plavnick, «un ejemplo de Diáspora no Diáspora, una Diáspora de signo opuesto. La Diáspora de Elisha ben Abuia, Ajer, el extraño (no el extranjero). Aquel cuyo nombre no es ningún nombre, que se va al exilio». La historia de un vagabundo que, a diferencia del hombre errante, no puede conectar, dotar de sentido a su constante caminar al haber transgredido la ley de Dios, Yahvé, y de los hombres, como muestra su asesinato de Abel.
Por esta razón, el todopoderoso Yahvé permite que Caín siga con vida tras el asesinato de su hermano. Porque el mayor castigo para Caín no es otro que separarle de los frutos de la tierra, madre de Caín y esposa de Jehová, a la que con tanto amor se apegaba: “Dios pone sobre él su signo: Caín, el condenado por Dios-padre a errar en la tierra lejos de la tierra-madre. El primer infierno: errar eternamente sobre el cuerpo femenino de la madre sin poder asentarse. Convierte en infinito y circular al cuerpo materno, lo que más anhela, y que al mismo tiempo debe abandonar, paso a paso, al recorrerlo”. Vaya a donde vaya se encontrará marginado de aquella primera dicha que tuvo, viéndose obligado a aposentarse en otras tierras, alquilarlas y por tanto disfrutar de aquéllas como se goza de una anónima mujer, la prostituta, sin rostro ni nombre sagrado (pues no ha sido bendecido por Dios), que no puede conceder el ansiado amor: “Por eso Caín, amado de su madre, es el antepasado, entre otras profesiones, de “las mujeres alegres, que proporcionaban el regalo y los placeres de la vida urbana”. Es decir, de las mujeres placenteras”.
Caín se desliga de la tierra y profundiza más en la caída del hombre que comienza a transformarse en exilio, anonimato. Pierde su nombre, pues donde acude nadie lo reconoce, y sus descendientes incapaces ahora de vincularse a la tierra por medio de un vínculo sagrado, vagan animalizados por el mundo –tal y como quisiera retratarlos Fernand Common en 1880- sin encontrar un lugar que puedan llamar suyo y poder germinar, dado que aposentarse en la nueva tierra significa abrir la herida que no cicatriza jamás. La memoria del destierro. Por esto, su diáspora es esclavitud (advut–galut) y le conduce al exilio físico (galut ha-guf) y como consecuencia de éste, al destierro de su alma (galut ha-nefesh), que únicamente puede ser disimulado, aunque nunca borrado, en las ciudades que lo separan de la naturaleza terrestre y, de las cuales, él es forzosamente el primer fundador: “Caín fue (…) el primer hombre que rodeó los campos con mojones y construyó ciudades amuralladas en las que obligó a establecerse a los suyos”, nos indicarán Graves y Patai.
En este sentido, según nos refiere la cultura hebraica, el exilio (contrario a la redención, fundada en el silencio y el amor), sería el reino de la palabra. Una palabra que individualiza a los hombres y ahonda en su caída y sufrimiento hasta tal punto que no podrían fundar una verdadera comunidad ni tan siquiera hablando el mismo idioma. Pues, según María Zambrano, la voz del exiliado es “inaudible”. Se encuentra condenada a decir “las palabras concebidas, diáfanamente, es decir, sin carga de pasión alguna”, que “nadie o casi nadie entiende”. Razón por la que las ciudades cainitas serían un mar turbio y solitario donde la incomprensión y la injusticia reinarían a su antojo. Y los hombres que las fundan, usarían indiscriminadamente el lenguaje para olvidar el origen de la falta cometida sin comprender que, únicamente siendo conscientes de su mal, podrían hacerse «uno» con el nuevo lugar. Poniendo de manifiesto además con su gesto, lo arbitrario de la conducta de aquel Dios que los expulsó de los parajes que habitaron originalmente. Señala Pascale Hassoun: Caín únicamente “se vencerá a sí mismo si es capaz de dominarse”. De encontrar paz en medio del devastador mundo al que ha de enfrentarse y que, como una tentación para que vuelva a repetir su crimen, ha sido engendrado, según el mito gnóstico, por la parto-génesis de un impuro Dios: el diablo, Yaldabaot; el verdadero enemigo de Caín.
Por tanto, debido a que el viaje al exilio de Caín se encuentra unido a la memoria traumática de una expulsión, el único rincón donde podrá encontrar un alivio a su mal será en el canto, en el poema, en el arte. El oasis a través del cual intentará reconstruir y rememorar su lugar de origen. Pues será en la medida en que Caín plasme su espíritu en cánticos, novelas y lienzos, que conseguirá evadir su condición de caído y renovar el anciano matrimonio que toda su estirpe tenía con la antigua tierra en un tiempo ya perdido. Aspirará ser libre aún y a pesar de su condición actual. Como, a su vez, en la medida en que Caín intente huir de su dolor y de su pena, buscando un falso sustituto a la antigua madre en la tierra a la que llegó tras su largo viaje, estará condenado a olvidarse de sí mismo, perder su identidad y humanidad: ser dominado por los propietarios de los nuevos territorios que visita que, sin piedad, le obligarán una y otra vez a agacharse y cultivar una tierra que no puede amar.
En este sentido, si revisitamos la etimología de la palabra patria (de pater: padre), comprenderemos que los emigrantes cainitas llegados a Argentina en las primeras décadas del siglo XX y las finales del XIX, sufrían un doble trauma. El primero de ellos: la pérdida del verdadero padre, la patria de origen, debido al mal gobierno de los dirigentes de sus diversos países de procedencia. Y el segundo de ellos: entregarse a los dominios de una nueva patria, una nueva tierra y mujer, donde los nuevos gobernantes (y padres) podían realizar con ellos aquello que deseasen. Más aún, cuando se les consideraba hijos proscritos, sin nombre y sin destino. Mero ganado. Mano de obra sin alma. Sombras errantes con cuyo trabajo sobre la nueva tierra odiada -ya no amada y querida como la que los albergase en su suelo original- los estancieros podrían seguir aumentando sus frondosas fortunas.
En fin, dado que los emigrantes cainitas perdieron gran parte de su identidad para adaptarse a la nueva tierra y comenzazon a olvidar de dónde procedían para poder sobrevivir y no enloquecer, se comprenderán mejor los mecanismos utilizados por los distintos gobiernos argentinos con el fin de ejercer su dominio sobre esos hombres muertos, vencidos de antemano: exaltación de los valores de la patria argentina y uso indiscriminado de la justicia y del poder casi omnímodo del presidente de la nación sobre sus súbditos. Actos acometidos con el objetivo de hacer de la ciudadanía, una masa manipulable y dócil. Incapacitada para forjar un espacio público y colectivo de unión. Algo no excesivamente difícil teniendo en cuenta la desdicha e impotencia experimentadas por los emigrantes cainitas.
Una obra que como la de Héctor Murena, Eduardo Mallea o Leopoldo Marechal intentó izar el corazón de tantos ciudadanos de la nación argentina, arrojados en contra de su voluntad a vivir la terrible experiencia del exilio; “esa cuesta que sube siempre y, por ancho que sea el espacio a la vista, es siempre estrecha”, como dijera en hermosas palabras María Zambrano y que desde Francia, Julio Cortázar definiera de la siguiente manera: “es la cesación del contacto de un follaje y de una raigambre con el aire y la tierra connaturales; es como el brusco final de un amor, es como una muerte inconcebiblemente horrible porque es una muerte que se sigue viviendo conscientemente”.
Pues, en definitiva, este gesto para tantos y tantos escritores argentinos supuso realizar un acto de justicia poética, vital, con la tragedia sufrida por sus propios padres. Comenzar a tejer un manto acogedor que pudiera comenzar a suturar las muchas heridas y desdichas de ese gran incomprendido –tanto por los demás como por sí mismo– que es Caín, y levantar un velo de esperanza, de confianza en el individuo solitario –sin nadie que lo ampare ni que quiera detenerse a escuchar su triste historia- que recorría su país. Comprendiendo, en última instancia, que los esfuerzos realizados a través de sus creaciones para que el anónimo Caín que las protagoniza “no se hunda, para que no se nos vaya”, ayudan a no ir “uno mismo, haciéndose pedazos”, y con nosotros, la nueva patria habitada, aun y a pesar de lo inhóspitas que puedan ser las circunstancias. Aunque en muchas ocasiones, haya podido parecer que cualquier intento por evitar los comportamientos autodestructivos de, en este caso, el pueblo argentino, estaba condenado a perderse en ese tiempo anónimo que pertenece a los países aparentemente inexistentes y compuestos por hijos, ciudadanos sin nombre, sin un destino un padre o una identidad segura en la que refugiarse. Shalam
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