Truenos y mediocres
El equipo de fútbol que más amo en el mundo es Boca. Boca es mi tribu. Boca es mi selva. A Boca lo llevo en el alma y lo sigo a todos partes. Ya sea...
Vuelvo a repetir que para mí, la carrera de Cassano terminó en cuanto comenzó. Los hijos sin padre suelen tener problemas con la autoridad. Acostumbran a ser díscolos y evitan si es posible cumplir órdenes. Las reglas no se han hecho para ellos. La ausencia del padre los hace descreer del trabajo constante y el cariño desmesurado de sus madres puede convertirlos en seres necesitados de llamar la atención y con cierta tendencia a creerse (o sentirse) espaciales. Una serie de características que hicieron de él un jugador anárquico. Un delantero inestable capaz de lo mejor y lo peor que exigía el cariño de su público lo mereciera o no e iba siempre por libre. Comportamiento que le hizo tener múltiples reyertas con entrenadores entre las que destacan sus enfrentamientos con Fabio Cappello. Un sargento de hierro sabedor de las dotes en los pies de Cassano que lo llevó al límite psicólogico en múltiples ocasiones.
De todas formas y, a pesar de sus constantes escándalos fuera de los campos, el talento de Antonio era tan grande que fue titular en la mayoría de los equipos en los que participó. Y, de hecho, cuando ajustaba su peso y se tomaba en serio su profesión, lograba desempeños notables, como ocurrió en el transcurso de sus etapas en la Roma y la Sampdoria. Equipos donde no se recuerdan únicamente sus habituales bromas sino un catálogo de bellas jugadas y toques de genio además de un compromiso no muy habitual en él. Porque si algo tenía claro, es que sus tiempos los dictaba él. No los entrenadores, preparadores físicos o mass-media.
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