Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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Más allá de su exuberante arquitectura, amo profundamente las pinturas y mosaicos bizantinos. Pues encuentro en ellos tanto ligereza como levedad. No se me imponen a la fuerza ni cuando los contemplo percibo un deseo de adoctrinamiento casi totalitario como me ocurre en muchos templos medievales.
De algún modo, los mosaicos bizantinos son la pervivencia del arte de Mesopotamia vía Grecia. Y también el influjo musulmán y persa fusionándose levemente con el arte cristiano. Una elaborada senda de matices que, teniendo en cuenta el desdén musulmán hacia el retrato humano y su búsqueda del sentido colectivo de lo sagrado, despojan de ego y acritud al arte de la Roma Oriental. Consiguen hacerlo más impersonal y anónimo. Más íntimo, sabio y místico y menos moralista o didáctico. Mucho más simbólico y sinuoso. Una especie de dialogo platónico sobre la naturaleza de dios y los hombres llevado a cabo en recónditos templos cristianos.
Creo, asimismo, que la civilización bizantina ha sido también la que ha entendido mejor a Cristo o la que ha sabido -y no estoy hablando aquí ni de realismo ni de verosimilitud- retratarlo mejor.
A este respecto, el Pantocrator bizantino siempre me ha parecido una imagen de dulce y pacífica autoridad. Un símbolo unificador parecido a un mandala.
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