Autor: Alejandro Hermosilla
Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.
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«Como es bien sabido, son los individuos con rostros más contrahechos y cuerpos viscosos -los más feos en definitiva- quienes por lo general tienden a desear inmortalizarse en ocasiones casi desesperadamente. Se encuentran ansiosos por hallar el pintor capaz de retratar con eficacia su mejor perfil, el poeta que los elogie y el músico que componga una sinfonía en su honor. Por lo que, con el paso de los siglos, a medida que la burguesía comenzó a emerger, un sinfín de hombres de porte no demasiado vistoso y físico por lo general repugnante, comenzaron a solicitar (y pagar) a los escultores, pintores y poetas un gran número de obras en las que quedaban idealizados. Provocando que los artistas consiguieran comenzar a ganarse la vida sin necesidad de lamer los pies de los nobles o recitar los mismos versos una y otra vez puesto que el dinero que los obesos y monstruosos burgueses les ofrecían, les permitía disfrutar de una libertad de la que hasta entonces no habían disfrutado. Siendo habitual, por tanto, que llenaran los prostíbulos y se envalentonaran jactanciosos de sí mismos. Aunque estos privilegios de los que comenzaron a gozar, los hicieron también más peligrosos e imprevisibles y provocaron que los furiosos habitantes de los castillos comenzaran a urdir nuevas argucias para someterlos.
De tanto en tanto, los nobles también llamaban a su palacio a un antologador y le daban una bolsa con unas cuantas monedas de oro por realizar una selección de los mejores pintores o poetas vivos. Cada año, los bufones de palacio salían acompañados de trompetistas que hacían sonar sus instrumentos fuerte y alto para que los escucharan todas las personas de todas las aldeas y villas y ciudades y hasta las gaviotas negras que surcaban los acantilados, y en voz alta leían un manuscrito que contenía los nombres de los lienzos, obras literarias y musicales más degustados en la Corte durante el último período. Y, a continuación, varios bufones pegaban esos pasquines por las calles, consiguiendo con mucho menor dispendio de dinero, el mismo efecto que con los premios. Tanto es así que, pronto, la nobleza decidió extender este ritual a cada mes y, más tarde, a cada semana, consiguiendo multiplicar hasta el infinito la rabia y envidia mutua de artistas que vivían para ser citados en aquellos pasquines que eran comentados por todas las personas de las aldeas entre alborozo y risas provocando la humillación de los ilusos desesperados que no se veían incluidos en ellos y las carcajadas de pavo real de quienes comprobaban que, a pesar de su decadencia, su nombre era convenientemente escrito allí cada año, mes, semana, día, hora.
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