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Un Camino. Día 35.

Mar 5, 2026 | 2 Comentarios

Dejo a continuación un nuevo avería dedicado al Camino de Santiago, realizado el pasado verano. En esta ocasión, me ocuparé del día 35. ¡Ahí voy!

Un camino. Día 35

Martes, 19 de agosto.

Me despierto relativamente temprano, a las 7, pero mis tres compañeros ya han partido media hora antes. Algo que no me importa. Antes de acostarme les dije que me quedaría un día más en Cardeñuela Riopico. Los motivos son claros: escribir de nuevo sobre esta experiencia en Averíadepollos, terminar de asegurarme de que mi pie izquierdo se encuentra bien y ganar tiempo para que los incendios que asolan el norte de España y han cerrado varias vías del Camino se extingan.

Todo me invita, por tanto, a un ansiado y, más que merecido, día de descanso. No obstante, dado que la señora de este albergue tiene muy malas pulgas, debo buscar otro alojamiento. Cardeñuela es una población pequeña, así que no tengo demasiadas opciones adónde dirigirme. La que más me convence es el albergue Vía Minera. Ofrecen cenas y desayunos a buen precio al peregrino y en sus instalaciones hay una pequeña piscina donde podré poner el pie en remojo.

Subo una pequeña cuesta y llego con entusiasmo al alojamiento, pero me encuentro con una sorpresa: la estancia se encuentra dividida en dos partes bien diferenciadas. Una especie de hostal, con un restaurante muy acogedor y habitaciones amplias y cómodas para viajeros comunes, separado por la piscina y un jardín de la clásica habitación grande con camas apiñadas para peregrinos.

Ocurre que no hay nadie allí en este momento. Las puertas del restaurante están abiertas, el desayuno se encuentra servido, pero no hay indicios de vida. La escena podría aparecer en un filme de Buñuel. Dejo mis pertenencias en el albergue y me sirvo el desayuno. Por un lado, me siento un tanto mal, pues no he pagado por los alimentos que ahora como, pero, por otro, lo veo como un acto reparador. Ayer por la noche, aquella otra señora me animó de malas maneras a partir de su albergue y aquí la mano de la providencia me ofrece abundante comida sin pedirme, al menos de momento, remuneración a cambio.

Pronto, eso sí, me acompañan dos familias de franceses con numerosos niños albergados en el hostal. Según parece, en Cardeñuela la delincuencia es un mito, casi una habladuría, así que, para evitar madrugones innecesarios, los dueños del albergue dejan todo abierto y preparado cuando parten a la noche. Junto a la puerta, leo un pequeño cartel que indica la hora de apertura del local: las 12 de la mañana. En fin, esa es la magia del Camino, de la vida. No saber qué ocurrirá a cada instante.

Cuatro horas pueden hacerse largas, así que intento organizarme de la mejor manera posible. Antes que nada, escribo a Pasquale, quien ahora mismo se encuentra caminando por Tosantos. ¡Qué fuerza de voluntad! Me comenta que tiene pensado dormir en San Juan de Ortega. Continúa con ganas su periplo, pero me informa de que el ambiente entre los peregrinos que va encontrando es distinto al de hace unos días; ya no hay tantas bromas ni espíritu colaborativo. Los incendios que asolan el norte de España han hecho que muchos viajeros cancelen sus viajes: hay temor, personas que vuelven a sus países, y cierta sensación de agotamiento, de fin de ciclo.

A Pasquale, de hecho, tampoco le queda mucho tiempo de viaje. El día 26 debe volver a Italia. Su humor y buen ánimo, eso sí, no cambian. Me anima a visitarlo en Bolonia. Es muy generoso. Me dice incluso que si así lo requiero él se hace cargo del billete de avión. En fin. ¡Nunca dejará de sorprenderme la energía espiritual que hermana a los peregrinos!

Me pregunto también dónde se encontrará Karim. Hace días que no coincido con él. Algo raro porque ambos, por diversos motivos, hemos caminado con lentitud. ¿Qué será de su vida? ¿Por dónde irá? He de reconocer que desde que este compañero de ruta me dijo que comenzó a caminar gracias a su lectura del libro que Coelho dedicara a la vía jacobea, mi visión de ese tratado ha cambiado.

El escritor brasileño consideraba el sendero a Compostela el Camino de la Espada. Proporcionaba poder espiritual, pero no suficiente. Había que completarlo con el que conduce a Jerusalén, Camino de Copas (que concedía la capacidad de hacer milagros), el que lleva a Roma, Camino de Bastos (que permite comunicarse con otros mundos), y otro, el Camino de Oros, secreto y desconocido.

Tal y como están los tiempos, dejando los simbolismos de lado, ya es más que suficiente con el Camino de Espadas para, al menos, experimentar la realidad en un plano y una vertiente mucho más espirituales.

El albergue se encuentra a escasos metros de la iglesia de Cardeñuela, así que camino a visitarla. De momento, el día está nublado; sopla el viento. Las hojas que me rodean al pasear junto al templo me hacen pensar en un filme de Tarkovski.

La iglesia, construida sobre otra más antigua, es renacentista y destaca por unas esculturas atribuidas al francés Felipe Bigarny, así como por un retablo tallado en madera por el mismo escultor que, originalmente, perteneció a la catedral de Burgos. Tras muchos esfuerzos, los vecinos lograron adquirirlo ofreciendo una suma de 1.500 reales al cabildo de la catedral en el siglo XVIII. Su traslado provocó que las diversas escenas se desordenaran y que se añadieran retoques barrocos, quizás algo inadecuados, que, no obstante, le confirieron una personalidad particular.

No ha sido este el principal inconveniente sufrido por el célebre retablo. Hace años, los poco más de cien habitantes de Cardeñuela se pusieron de acuerdo para pedir ayuda, ya que la madera había perdido fuerza y la pintura estaba en mal estado, entre otros daños. Temían que la obra terminase deteriorándose para siempre, o, incluso, que fuera pasto de los insectos.

Lamentablemente, el templo está cerrado y no puedo visitarlo. Es un hecho más habitual de lo que parece en el Camino. Muchos viajeros no entienden por qué los templos no permanecen abiertos para ser visitados por los peregrinos (algunos sugieren instalar cámaras de vigilancia), pero otros aluden a posibles robos y al coste de mantener esos sistemas, lo que sirve para justificar el cierre habitual de los centros religiosos.

Tenía curiosidad, sí, por contemplar el célebre retablo, pero, sobre todo, quería experimentar de nuevo el recogimiento que ofrecen estos lugares sagrados en mitad de pueblos apenas conocidos. La paz, la tranquilidad y el fuego espiritual que impregnan las paredes y bancos de las ermitas e iglesias del Camino me transmiten una energía indescriptible, imposible de sentir en muchos de los espacios que hoy frecuentamos.

Finalmente, debo conformarme (lo que no es poco) con disfrutar de las vistas de Cardeñuela mientras remojo mi pie izquierdo en la pequeña piscina. Más tarde, abro el ordenador e intento escribir un avería, pero me cuesta horrores, así que prefiero leer. Consulto varias páginas donde puedo informarme sobre historias relacionadas con el Camino. Que Pasquale sea de Bolonia hace que me interese por peregrinos italianos que hayan realizado esta ruta en otras épocas.

Pronto, en mi navegador, aparecen múltiples referencias a Domenico Laffi, un clérigo boloñés que peregrinó en cuatro ocasiones a Compostela durante el siglo XVII y que dejó un libro sobre su segundo viaje, considerado uno de los más bellos testimonios literarios sobre la ruta jacobea. Es fácil encontrarlo en internet, y no puedo evitar leer aquellos pasajes en los que habla de lugares cercanos a los que me encuentro y que recientemente he atravesado.

En aquellos tiempos, era fácil perderse y no encontrar alojamiento. En Puente La Reina, por ejemplo, Laffi y su acompañante, el pintor Domenico Codici, no encontraron lugar donde dormir, pero pronto, debido al respeto que los españoles tenían a los religiosos, un campesino les abrió las puertas de su casa. También refiere Laffi cómo, en determinadas iglesias, las autoridades eclesiásticas les ayudaban con dinero para que continuaran el viaje. Una tradición que, según me comentó mi compañero David, aún se mantiene en muchos templos de Italia, pero que en España ya se ha perdido.

A su vez, por cierto, alude Laffi a un hecho que ahora puede resultarnos un tanto extraño. Por aquel entonces, no era posible recibir cena en los alojamientos donde el viajero pernoctaba. El peregrino debía hacerse con sus alimentos en diversas tiendas, pues, por lo general, los encargados de los albergues de antaño solo daban cama.

Resulta increíble lo mucho que a Laffi le maravilla Nájera —a la que considera casi la ciudad más bella de España—, y el asombro que le provoca el tantas veces mentado milagro del gallo y la gallina, así como el respeto y admiración que siente hacia la figura de Santo Domingo de la Calzada, a la que dedica enjundiosas páginas en su diario.

Por si alguien se lo pregunta: sí, Laffi escuchó cacarear a los animales al acceder a la Catedral. Un signo de muy buen agüero. Lo cierto es que su obra es un clásico en Italia. El trayecto que el monje realizó se considera un referente entre quienes deciden visitar Compostela desde el país transalpino.

Mis reflexiones sobre el libro de Laffi son interrumpidas por el motor de un coche. La mujer que regenta el albergue y su hijo bajan del vehículo y me sonríen. La señora es colombiana y sumamente simpática. Su pareja es un recio castellano, responsable del primer alojamiento y restaurante que encuentra el peregrino en Cardeñuela. Cuando le comento a mi amable anfitriona mis problemas en el otro albergue, me asegura que en el suyo puedo quedarme el tiempo que desee. Al parecer, en el pueblo todos conocen el carácter difícil de la otra señora. Ha tenido problemas con medio mundo. En fin. ¡De todo tiene que haber en la vida!

Esta muchacha es todo lo contrario. Me hace hueco en una de las mesas del comedor y me invita a escribir allí. También me pregunta si deseo tomar un masaje en uno de sus aparatos eléctricos. El precio es bueno (casi simbólico) y, al poco tiempo, decido aceptarlo. Lo que no esperaba era la fuerza con la que la máquina hace su trabajo. Resbala por mis huesos y músculos con tanta intensidad que, a los pocos minutos, no resisto más y, de vez en cuando, emito algún grito. Obviamente, los peregrinos que van llegando al alojamiento no pueden evitar sonreír. Afortunadamente, cuando empiezo a preguntarme si no estaré sufriendo una tortura en vez de un masaje, el hijo de la dueña baja la intensidad y disfruto en paz los últimos minutos, aunque no puedo evitar que los peregrinos que me escucharon gritar me miren sonriendo de tanto en tanto.

Al poco tiempo, comienzo a escribir el avería. Por supuesto, de vez en cuando, leo. La combinación de lectura y escritura es siempre apasionante, pero en este caso el placer se redobla porque soy actor, estoy en la ruta jacobea, y también lector y testigo. Mis búsquedas por internet me llevan a la mítica revista Peregrino, y, concretamente, a descargar en PDF varios de aquellos boletines míticos del Camino de Santiago que, a partir de 1985, Elías Valiña se encargó de difundir. Tres años años antes, el Papa Juan Pablo II había caminado cien metros con la tradicional capa hacia la Catedral de Santiago y oficiado la misa del peregrino en el aeropuerto de Lavacolla, volviendo a colocar la ruta jacobea en el foco de medio mundo.

Conforme más leo sobre el Camino, más claro me queda que el siglo XX fue probablemente su peor época. La visita del Papa y figuras como Valiña, Jacobo Antón, José Ignacio y algunos pioneros más lograron revitalizarlo. Pero, hasta el Jacobeo del 93, el Camino era más mito que realidad: casi más pasado e historia que presente.

Muchos peregrinos dependían de la providencia; los había que no encontraban dónde alojarse y confiaban en la buena voluntad de agricultores, ganaderos y comerciantes locales. Poco que ver, por tanto, con lo ocurrido durante la Edad Media, cuando, tras el descubrimiento del sepulcro apostólico en el siglo IX, Compostela se convirtió en uno de los grandes polos de atracción espiritual de Europa, gracias a tradiciones locales y al interés político de la monarquía astur-leonesa.

Una vez construida la catedral, de hecho, el flujo de peregrinos europeos fue continuo, impulsado tanto por necesidades de fe y penitencia personal (devoción, milagros, sanación) como por razones políticas (afianzamiento de la monarquía, alternativa frente a Jerusalén y Roma tras la ruptura del imperio carolingio o el Gran Cisma de Occidente). A su vez, se edificaron monasterios, hospitales y toda una red urbana y rural destinada a atender a los peregrinos, facilitando la continua inauguración de caminos, puentes, hospitales, monasterios… En fin, todo el entramado de hospitalidad que marcó una ruta que atrajo a un gran número de extranjeros (franceses, alemanes, flamencos, ingleses, escandinavos, italianos) y personalidades de todo tipo: reinas, duques, abades, juglares, trabajadores ambulantes, penitentes, incluso personas condenadas judicialmente.

Obviamente, esto no debe llevarnos a engaño. En el Códice Calixtino se mencionan muchos lugares llenos de riesgos y asaltantes. Pero una cosa son los peligros propios de cada época y otra la indiferencia. Si había bandidos en el Camino era porque la ruta era popular. Mucho.

Todos estos años de apogeo fueron, sin embargo, opacados por la Reforma protestante y el nuevo mapa europeo. El protestantismo criticó las peregrinaciones y el culto a las reliquias o las indulgencias. Erasmo, por ejemplo, ridiculizaba el sentido espiritual tradicional. El descubrimiento de América y las guerras contribuyeron a debilitar aún más la red hospitalaria, de tal modo que la Iglesia tuvo que contraatacar revitalizando el culto a los santos y ofreciendo facilidades a los peregrinos. Puede que fuera en estos momentos cuando el clero (oteando cierta decadencia) comenzó a pecar de indulgente con quienes viajaban a Santiago.

El Camino, en cualquier caso, estaba herido. Sufrió muchísimo con la Ilustración, la progresiva secularización de la sociedad y las guerras napoleónicas y carlistas, que desarticularon la red asistencial y casi acabaron con el flujo de viajeros extranjeros devotos de Santiago. Aun con respiración asistida, el Camino sobrevivió, pero lo hizo a duras penas, aprovechando la recuperación de reliquias y tesoros ocultos propia del Romanticismo para dar ciertos destellos de salud. El siglo XX amaneció con el Camino hundido; la Guerra Civil pareció destruirlo para siempre, pero poco a poco volvió a emerger (el tardofranquismo intentó adoptarlo como símbolo del Régimen) hasta su eclosión espectacular (para bien y para mal) en la última década del pasado siglo, tras ser reconocido como primer itinerario cultural europeo por el Consejo de Europa en 1987.

De todas estas reflexiones y de la escritura del nuevo avería me saca una mujer mayor, vecina de una localidad cercana. Se interesa por lo que escribo y, cuando le digo que lo hago sobre el Camino, se le ve emocionada y hace un gesto que deja claro que ella podría contarme muchas cosas al respecto. Tiene prisa, pues debe irse a cenar con sus nietos e hijos, pero lo que me dice me resuena en la cabeza durante horas.

Cuando le comento que pasé ayer por el Monasterio de San Juan y le hablo de la hospitalera Marcela y el párroco José María Alonso, me dice que estoy muy equivocado al pensar que ambos colaboraban. Eso es, según ella, lo que se ha querido vender con el paso del tiempo para no airear los trapos sucios en público. En realidad, Marcela nunca estuvo de acuerdo en que el párroco decidiera ofrecer sopas de ajo a los viajeros. Los peregrinos recibían esta sopa y luego compartían los alimentos que compraban en el monasterio, lo que suponía una amenaza para su negocio. Por otra parte, el bar —según me explica esta señora— ocupaba un espacio que pertenecía al clero. Así que había mucha tensión entre ambos. Marcela y José María Alonso hicieron públicas sus rencillas en cartas a periódicos locales. Más que convivir en armonía, tuvieron que aprender a soportarse.

Obviamente, eso me lleva a pensar que tal vez las irónicas palabras de Marcela sobre el origen mundano (una reforma casual y no un fenómeno alquímico realizado conscientemente) del milagro de la luz tuvieran cierto regusto a venganza tardía contra su enemigo clerical. Nunca lo sabré y tampoco me importa demasiado. La realidad siempre es más compleja de lo que uno imagina y los conflictos en los pueblos tienden a enquistarse y eternizarse.

Antes de partir, la mujer también me habla de un peculiar personaje que, por supuesto, desconocía: un perro perdiguero de nombre Calixto que, según parece, pertenecía a un señor que vivía entre el bar de Marcela y el albergue del monasterio. De buena mañana, el can elegía a uno de los peregrinos que se dirigían a Burgos y lo acompañaba hasta las inmediaciones de la ciudad, de donde, dada su popularidad, solía volver en taxi cuando algún conductor debía regresar a San Juan.

¡Lo que faltaba! Escuchar la historia de Calixto me ha dejado traspuesto. No hay día que la Ruta no me sorprenda. Parece claro que debo reponer fuerzas. Cuando me siento a cenar, compruebo que estoy rodeado de unos cuantos asiáticos pero, sobre todo, de italianos. Me pregunto cuántos de ellos conocerán a Domenico Laffi. Supongo que ninguno. Tampoco es su obligación. ¿Quiénes entre los peregrinos españoles o franceses han oído hablar, por ejemplo, de la orden de Cluny? Si yo no estuviera escribiendo mi viaje, a mí también se me pasarían desapercibidos cientos de personajes e historias.

En la cena, pronto, salta de nuevo la magia. Los italianos son festivos y dicharacheros; no paran de hablar mientras comen y beben vino. Tras el postre, un muchacho con aspecto de angélico adolescente comienza a tocar la guitarra y varios de ellos entonan canciones de todo tipo junto a él. Yo me separo, pues debo terminar el avería, pero cuando acabo mi tarea, no me resisto a unirme a ellos.

De repente, el albergue se ha convertido en una taberna de las de antaño. Una radio pop. La alegría y los cánticos no cesan. Obviamente, no puedo evitarlo y les pregunto si pueden tocar el célebre «Azzurro» de Adriano Celentano. Un sueño para mí porque si bien la he cantado más de una vez con españoles nunca lo hecho con italianos. Algo que por fuerza tiene que sonar diferente.

Por supuesto, lo hacen con gusto. ¿Qué puedo decir? Cuando me veo cantando en voz alta junto a varios italianos ese himno, vuelvo a emocionarme. ¡Es un profundo deseo cumplido! ¡Qué gran fiesta! La noche termina en comunión, chanzas, loas musicales y guiños a Celentano. ¡Ya ni me acuerdo de por qué comencé a caminar! Varios italianos, sorprendidos, me preguntan de dónde conozco aquel tema y, por supuesto, aludo a la sintonía del programa de Radio 3, Flor de Pasión, dirigido por Juan de Pablos.

Me acuesto un poco borracho, con la vista algo nublada, rodeado de jóvenes muchachos que se preparan con alegría para continuar la Ruta. A estas alturas, ya ni sé lo que es el Camino. Cada día cambia mi concepción del mismo. Si hoy tuviera que definirlo, sería así: un lugar donde todo es posible y Dios se emociona y ríe junto a los seres humanos a medida que nos vamos abriendo a las sorpresas que la ruta nos depara. Shalam

لسعادة الإنسان هما الألم والملل إن العدوين الرئيسيين

Los dos enemigos de la felicidad humana son el dolor y el aburrimiento

2 Comentarios

  1. andresrosiquemoreno

    1imagen….el anciano ya no puede rectificar su vida (el nieto niño si)..
    (sacrificio)….el dia de la explosion h…..
    2imagen….casoplon (inversion turistica)…….
    3imagen….olor a gasolina…mechero bic…
    4imagen…pero que estoy viendo sentada en la valla de madera podrida la imagen mas sensual de la actriz margarita terekhova (el espejo)…extraordinaria….
    5imagen…gran coleccion de nichos…el poder de una epoca…
    6imagen…plaga divina…(puro fundamento del arte pop)…la repeticion…..
    7imagen….recorrido del camino (escultura en hierro de david smith, recorrido del rio hudson).,,,,
    8imagen….la plana mayor de la empresa turistica……
    9imagen…nos vemos en woodstock 69(un buen numero, para arriba y para abajo)……
    10imagen…. animal perro refugiado en las siluetas de azabache compostelano….maravilla de azabache catafalco….
    11imagen….Chi Non Lavora Non Fa L’amore (sombrerico sinatra y botones pantaliones mexicanos prince)…..
    PD…el fabuloso adriano celentano..Chi Non Lavora Non Fa L’amore (San.Remo1970
    https://www.youtube.com/watch?v=wHmt7pDq_Uo&list=RDwHmt7pDq_Uo&start_radio=1

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    • Alejandro Hermosilla

      1)La imagen es demasiado poética para imaginar aparecer por ahí al monstruo del lago Ness. Pero ¿Quién sabe? Anciano lucha contra el viento. Parece título de poema de Alberti. 2) Ahí dejan desayunos y piezas de croissant y mermelada. Que se corra la voz. ¡Viridiana! 3) Película de superhéroes. El humo es un supervillano. Todavía no apareció Thor. 4) Un funcionario con un alma profunda, grande. Se huele a romance espiritual. 5) Abigarramiento maravilloso más propio de México que incluso del barroco español. 6) Andrei Rublev perseguido por los pájaros y los insectos en un sueño de Dalí. 7) Mapa. Egb. Asignatura. «Peregrinaciones espirituales». 8) ¿Cómo? ¿Le van a dar la Compostela? ¿Va a recibir el diploma por 100 metros? ¡Protesto, protesto! 9) Portada desechada por Jethro Tull en su momento. «Thick as a brick». 10) Un perro velando porque las fotografías salgan bien. Si la muchacha no sale fotogénica, ladra y se repite. 11) Todo un pinta o un facha pop. Este es un fachica pop, diría un cartagenero de la época. PD: impresionante la risa de Celentano a medio gas y los trajes angélicos de los coristas. ¿El trabajo es el cielo?

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Autor: Alejandro Hermosilla

Mi nombre (creo) es Alejandro Hermosilla. Amo la escritura de Thomas Bernhard, Salvador Elizondo, Antonin Artaud, Georges Bataille y Lautreamont.

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