

Obviamente, intentar explicar las razones del éxito de Pac-man es aventurarse por territorios extraños. Escarpadas colinas donde aguardan monstruos rugiendo dispuestos a roer nuestro corazón, inundándonos de desaliento. Pero sí que pienso que se pueden formular ciertas hipótesis que puedan aclarar el motivo del impacto en la psique colectiva de esta simple obra maestra capaz de conseguir que, a pesar de las constantes y en algún caso, muy logradas actualizaciones, sea siempre un placer volver al primer original cuyas equilibradas prestaciones eran prácticamente inmejorables.
Hablaré claro. Para mí, Pac-Man es un juego que simboliza los anhelos occidentales de que el consumismo no se agote jamás. Razón por la que conjuga tan bien la nostalgia con la confianza en el futuro. A grandes rasgos, -y simplificando mucho- se puede afirmar que conectó directamente con el corazón de una generación de jóvenes occidentales asustada por las historias de miseria y horror de la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española, cuya infancia y adolescencia se desarrolló en medio de acontecimientos tan críticos como la crisis del petroleo, la guerra de Vietnam, los años duros de la Guerra Fría, dictaduras, golpes de Estado y el estallido del punk. Sucesos tras los que emergieron los años 80 con sus continuas promesas de diversión y bienestar absoluto al alcance de las masas. Sus decenas de consignas hedonistas prometiendo que los buenos tiempos de trabajo y consumo para todos (además de playa y sexo fácil) habían llegado para quedarse al menos en el mundo desarrollado opuesto al comunista y al Tercero.
En cierto sentido, Pac-man cumplió todas las expectativas y ansias occidentales y las superó. Para empezar, porque era un juego que no consistía en matar a enemigos reales (fueran estos naves especiales o militares), ni tampoco obligaba (como ocurría con el mítico Pong) a competir con la maquina u otro jugador. Algo que, en cierto modo, era estresante al llevar la competitividad del trabajo a la sala de estar o el salón de juego.
En cualquier caso, y por si no fuera suficiente lo anteriormente apuntado, Pac-man gozó de otra gran baza a su favor. El hecho de desarrollarse en medio de un laberinto -símbolo con un sinfín de vinculaciones sagradas- y que los villanos fueran fantasmas y, por tanto, pudieran encarnar sin problema alguna cualquiera de los males a los que tuviera que enfrentarse el jugador en su vida real.
Obviamente, como todas las grandes creaciones, Pac-man es ambivalente. No se pueden realizar afirmaciones rotundas sobre el juego. Puesto que, volviendo a sus inagotables pantallas, creo que si bien este hecho pudo generar en los jugadores durante los primeros años, una fiebre hedonista y orgásmica al comprobar que la experiencia no tenía fin, también tuvo un efecto contrario. Pues, al fin y al cabo, lo lógico es que sólo unos pocos, muy pocos en medio mundo tuvieran la paciencia y dispusieran del tiempo suficiente para adentrarse por la pantalla 100 o la 200 o la 230, lo que ha convertido finalmente a Pac-man en una parábola cruel, ácida, veraz y profunda del capitalismo. Ese sistema que promete a todos los miembros que podrán enriquecerse y disfrutar de las mieles del éxito si trabajan duro que, en realidad, sólo están destinadas a pocos, muy pocos.
0 comentarios